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Derrotando al Dr. Oscuro

La Escuela de Música de la Sra. Paraíso

Aún dudó un instante antes de empujar la puerta. “Sigues tan apocado como cuando tenías quince años, carallo”, se regañó en voz baja, tratando de darse un empujón de coraje. Esperó en el vestíbulo hasta que sus ojos se acostumbraron a la refrescante penumbra de la habitación; se sorprendió de estar en la misma estancia que tantas veces había adivinado a través de la puerta, se sintió nervioso, balanceó su cuerpo adelante y atrás apoyándose en el bastón como siempre que necesitaba ahuyentar el miedo. Entretenido en esta danza, distraído con el diseño geométrico de los azulejos, esperaba a ser atendido. Por fin, sintió unos pasos firmes acercándose a grandes zancadas, cada vez más cerca, más fuertes, su corazón más rápido. “Cálmate, leñes”, volvió a increparse. En el patio, secándose las manos en un delantal de paño, apareció una mujer madura de piel tostada y caderas anchas. Llevaba el pelo recogido y un colorido vestido ligero que al trasluz dejaba entrever su figura de matrona sensual. Se sintió estremecer, temió que el bastón no le aguantara, pero permaneció en su puesto, decidido como estaba a cambiar su suerte.

 

-  ¿Sí, qué es lo que usted desea? – preguntó la mujer con dulce acento caribeño.

 - Eh… quería… ah… preguntar… por… las clases. De piano.

- Estamos cerrados, caballero – respondió ella, cambiando las ces por sonoras y melosas eses --. Por vacaciones, hasta septiembre – y señaló la puerta, donde colgaba un cartel que, efectivamente, informaba del cierre de la academia hasta final del verano.

- Ah. Bueno. Lo siento entonces.

- No pasa nada – rió –. Vuelva entonces, cuando abramos el periodo de matrícula.

- Bien… eh… gracias. Me voy.

- Hasta otra – se despidió ella con el tono de voz inusualmente alto que usan los caribeños para saludarse o despedirse.

 

Se volvió, agarró el pomo de la puerta, maldijo su poca iniciativa. Musitó otro reproche hacia sí mismo y, finalmente, consiguió arrancarse  una frase.

 

- Pero… yo he oído música aquí, todos los días a la misma hora, cada vez que paso por la ventana de la esquina, puntual, siempre la misma hora. Cuando vuelvo de la partida, jugamos ahí en el café de Andrés, vengo por esta calle y… - se dio cuenta de que estaba dando demasiadas explicaciones - … y… bueno, pensé que era una clase.

- Ay, no, no es una clase – explicó sonriente –. Soy yo, que toco por las tardes, después de fregar – se señaló el delantal.

- Pues lo hace usted muy bien – aprovechó el hueco para el halago, sus tácticas podían ser anticuadas pero, pensaba, un cumplido nunca ofende.

- Ay, gracias – había conseguido sonrojarla. Claro que tocaba bien, era la profesora, pero el piropo iba bien dirigido y ella se sintió halagada –. Es muy amable.

-  No… lo que pasa es que esa música me ilumina, alegra mis tardes, de veras. Nunca he sabido tocar, soy un absoluto memo, pero me encanta escucharla. No entiendo nada, no conozco los autores – aclaró, no quería caer en un renuncio -, pero siempre que escucho un piano me paro a escuchar.

- ¿Y nunca se animó a tocar?

- No, no. Ya le digo, soy un completo inútil, no tengo oído.

- Eso – dijo ella – no puede ser verdad. No hay memos, no hay inútiles, no existen los negados, especialmente cuando son capaces de sentirlo aquí dentro –se tocó el vientre-, si se vive.

- Eso dicen, todos los músicos, eso dicen. Pero de verdad, nunca fui capaz de juntar cuatro notas – respondió, columpiándose en el bastón, adelante y hacia atrás.

- Entonces –inquirió ella con picardía-, ¿para qué fue que entró?

 

Contuvo una nueva maldición, le había cogido en un renuncio. Se sintió tentado de excusarse, huir, agarrar la puerta y no volver, no repetir el rodeo que hacía para pasar todas las tardes frente a la academia. Pero ella estaba sonriendo, se había desabrochado el delantal y sus ojos oscuros le miraban de frente, divertidos pero interesados. No había sido un galán, pero sabía reconocer el interés en una mirada femenina, no podía marcharse ahora.

 

- Y… se me ocurrió… que tal vez… me dejaran escuchar la clase, aquí dentro. Fuera, ya ve, hace demasiado calor.

- Pero ya le dije, caballero, ahora no hay clases.

- Ya. En ese caso, la seguiré escuchando a usted, desde la ventana, si a usted no le importa.

- ¡Ay pero no, cómo va a hacer eso, se nos va a cocinar ahí abajo! Pase dentro, por favor, ¿quiere un café? Estaba a punto de preparar. Pase, no se me quede ahí.

 

La tarde siguiente volvió a la academia, se disculpó, carraspeó, se justificó, “ayer lo pasé muy bien y, ya ve, en casa no tengo qué hacer, si no le resulto una molestia”, ella preparó otra vez café y charlaron a ratos mientras ella practicaba y él miraba embelesado sus brazos, sus manos, sus largos dedos danzando en la pista blanca y negra del teclado. “Anímese usted, ¿no quiere probar?”, le invitaba, insistente, cada tarde que pasaron juntos en el aula, ella practicando y él sentado en un rincón, el sombrero entre las manos, el bastón colgando de la rodilla, tratando de no ser visto y al mismo tiempo buscando la manera de llamar su atención con algún apunte interesante, con algún comentario culto y digno de la música que ella tocaba para él, declinaba, se avergonzaba, se incomodaba, “no, señora Paraíso, ya le dije, no sabría ni empezar, ni las notas conozco”, y ella aprovechaba para darle lecciones, explicarle la armonía, el tempo, la coordinación entre las manos, “así, Andrés, ¿ve que la mano izquierda marca el ritmo mientras la derecha deletrea la melodía?”.  Poco a poco, las lecciones de la señora Paraíso iban calando en Andrés, que atendía cada palabra suya como un alumno enamorado, que no perdía detalle de sus manos, que aprendía a reconocer a los distintos compositores, a situarlos en sus épocas, a leer las partituras y ya pronto pudo sentarse a su lado y pasar la página en el momento preciso. Los avances de Andrés, pese a ser consciente del interés del que nacían, tenían sorprendida a la señora Paraíso. Muy pocos de sus alumnos habían logrado en tan poco tiempo una comprensión tal de los pentagramas, casi ninguno leía entre sus líneas como lo hacía Andrés, que fue el primero de su larga carrera como profesora que le corrigiera un acorde, explicándole al detalle cómo debía ser tocado, hasta cuando mantener la pausa, un poco más allá de lo esperado, “aún aguante un poco, ahora el oído está preparado, allá va”. Cuando la Academia Paraíso abrió el período de matrícula, Andrés no hubiera encontrado de utilidad los cursos teóricos (Armonía, Solfeo, Historia de la Música), de tantos libros y tratados que devoró en los meses de verano.

 

-  Andrés, me va a contar alguna vez la verdad – lo sorprendió una tarde, nada más cruzar él la puerta. No es que él no estuviera esperando desde hacía semanas una reacción parecida, pero le asustó el tono de su voz, el modo en que no le formulaba una pregunta sino una afirmación, casi una amenaza.

 

Andrés tuvo que jurar y jurar que no mentía, que no se había sentado nunca frente a un piano, jamás había estudiado música, no era un concertista de incógnito riéndose de una vieja profesora, “no, Isabel, no es eso, yo le juro que no era mi intención ofenderla, venía cada tarde a pasar un rato con usted y, ya ve, me ha picado el gusanillo, no se me enfade, por favor, no se enfade usted conmigo”, pero la señora Paraíso no se convencía, no era posible, tendría que decidirse por fin, tocar una pieza, “una de Chopin que tanto le gusta”. Si era el gran pianista que ella pensaba, no podría tocar mal a propósito, ahí ella no se dejaría engañar, ya tenía muchos años de profesión para eso. Andrés, arrinconado, asustado ante la posibilidad de no volver a verla, no tuvo más remedio que colocarse frente al piano, pisar suavemente los pedales, familiarizarse con el instrumento, y tocar el Nocturno en F sostenido, op. 15 que Isabel le tendía. Tan mal tocó que a Isabel no le quedó duda alguna de la inexperiencia de Andrés con la música, nadie finge tan bien, nadie destroza con tal saña la obra por la que el día anterior mostraba tal pasión. Al llegar al final de la segunda línea, le interrumpió, ya no era necesario seguir, “pero, piénselo, usted comprende la música como nadie que yo haya conocido, está en usted aunque no sepa transmitirlo a sus dedos, decídase y déjeme que le enseñe a tocar”. Sentado al piano, dolorido aún con lo que, incapaz, había hecho con el Nocturno, temblando entero por el tacto de la mano de Isabel sobre su brazo, enfrentado a sus ojos negros, Andrés no pudo negarse, se comprometió a matricularse, pero, conquistó, “sólo si usted me da las clases, usted nada más, no puedo, a mis años, seguir el ritmo de una clase”.

 *  *  *

Las lecciones, que Andrés insistió en pagar a precio normal, sin descuentos ni favores, pese a no disponer de una pensión muy elevada y no estar seguro de poder permitírselo, procuraron tanto a la profesora como al alumno muchas noches de intenso placer musical. Isabel nunca había disfrutado tanto con ningún otro alumno, no había experimentado jamás la fantástica sensación de orgullo ante los progresos de un pupilo. Andrés, que nunca fue un estudiante brillante, hubiera aprendido, ejercitado, analizado y memorizado cualquier cosa que de los labios, manos o gestos de Isabel se le indicara. Años después, narrando aquella historia de amor sublimado ante un periodista, bromeaba: “Si la señora Paraíso hubiera montado una academia de peluquería, en vez de concertista yo sería ahora un renombrado peluquero, un segundo Llongueras y no, como usted me ha halagado, un segundo Casals”. El desorbitado amor que llevó a Andrés a convertirse en el gran concertista que llenaba auditorios, teatros y bares, que colocaba el cartel de “No hay billetes” en Madrid, Londres, Buenos Aires, La Habana o Varsovia, que recibía los aplausos mirando al suelo, tímido, avergonzado, lanzándose reproches en voz baja por su apocamiento, se vio recompensado una tarde de noviembre, tres meses después de comenzadas las lecciones (Lecciones de Amor Magistral, se llamaría el libro que escribió el periodista sobre la vida del gran pianista), cuando, atascado en una cadena de acordes que no conseguía hilvanar, Andrés notó la mano de Isabel apoyarse en su hombro, se estremeció, tembló su cuerpo de abajo a arriba escuchando las palabras de su amada profesora, “tienes que estar preparado, cuando toques esta nota la mano debe estar pensando en el siguiente acorde”, la respiración junto a su oreja, el roce involuntario de sus senos en el antebrazo al mostrarle la posición idónea de los dedos:

 

- Isabel, yo tengo que contarte algo, no te puedo engañar más –estalló.

- Ay, no me asustes, Andrés. Dime qué pasa.

- No... no es nada... Pero no creo que pueda continuar con las clases, no estoy siendo honesto, esto no está bien.

- Pero... no digas eso, corazón –“corasón” dijo ella y él sintió doblarse el alma como cada vez que le dirigía un epíteto cariñoso -. Dime qué es lo que a ti te ocurre, cuál es el problema. Si es por el dinero, ya te dije Andresito –y el alma de él de nuevo estremecida– que no es ningún problema, yo comprendo perfectamente y no me importa pasar estos ratos aquí contigo sin cobrarte...

- No, no, no es eso –la interrumpió él –. Si fuera el dinero, ya me apañaría yo. Pero no, de dinero estoy bien. Es sólo que, bueno, no sé como decirlo, –y su alma gritando, insultándole: “¡Carallo, viejo estúpido, díselo ya, no eres ningún jovencito!”  -- Isabel, yo no vengo por el piano. Me gusta, sí, estoy encantado de haber descubierto esta pasión y esta capacidad, a mis años, no lo hubiera creído hace unos meses, y por ello te estaré siempre agradecido. Pero te engaño viniendo aquí, escuchándote, mirándote, sintiéndote, muriéndome de ganas de besarte, Isabel, no está bien, yo ya tengo una edad para estas cosas, siento que te miento cada vez que toco una nota, que tú crees que vengo por el piano, pero vengo sólo por ti, porque estoy enamorado, Isabel, por eso aparecí aquel día en la puerta, porque te había visto, te vi tocar por la ventana y me enamoré como un chiquillo, y no supe otra manera de conocerte que entrar aquí, y ya no pude salir, pero no está bien, no.

- Ay, Andresito –dijo ella, cogiéndole de las manos y atrayéndolo hacia sí, levantándolo del taburete para tenerlo de frente y poder echarse en sus brazos –pero yo eso ya lo sabía, mi amor. Sólo quería oírtelo decir, perdóname, corazón, pero me enternecía verte temblar de amor por mí, debí haberte empujado de alguna manera pero, mi amor, me sentía mirada, adorada, y me gusta tanto...

 

Así fue como Andrés Palacios, famoso concertista, exquisito virtuoso, se inició en la música a través del amor causado por una visión veraniega de una mujer caoba con delantal sentada frente a un piano de cola, amor que habría de acompañarle hasta sus últimos días, durante todos los años de grandes éxitos en tantos festivales, que recorrió de la mano de Isabel Paraíso. O así, al menos, es como Andrés Palacios lo contó al periodista que le hizo aquella entrevista.

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