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Derrotando al Dr. Oscuro

Crítica

No

Yo no lo habría hecho, no habría imitado al chico, conmigo el director no tendría historia que contar. La chica -ya se intuye protagonista- ha sufrido una avería en mitad de la carretera, él se ha detenido y se ha ofrecido a llevarla a casa; manida excusa de guionista para enamorarlos. Inmediatamente han comenzado una conversación fluida, nada trivial, ni siquiera han mencionado el frío que hace –y todo el paisaje está nevado-, sin falsos intereses ni comentarios fáciles. Las distancias en Estados Unidos permiten intimar en un trayecto en coche mucho más que en las pequeñas y abarrotadas ciudades españolas. Quizá en una de las grandes, en las demás apenas da tiempo a insinuar alegría por el inesperado encuentro --qué inoportuno pinchazo, ¿verdad?, bueno aquí es, hasta otro día, sí, muchas gracias, un placer y ya se ha ido y ni siquiera sabes su nombre--. Ellos en cambio, cuando han llegado, ya se conocían lo suficiente, se detendrían la próxima vez que se cruzaran por la calle. Ella no se ha apresurado a bajar del coche, ha terminado su frase, ha escuchado lo que él tenía que responder, mientras apuraba el cigarrillo --qué difícil es ahora ver fumar a las actrices--, y entonces ha lanzado el golpe, el ataque directo: “¿Quieres pasar?” Uno ya ha visto muchas películas y sabe que las chicas utilizan esa frase cuando te invitan a su cama (uno lamenta no saber eso más que por el cine). Él, sorprendido, no ha sabido responder. Ha balbuceado, titubeado, tartamudeado, sus labios finalmente han pronunciado, en contra del visible deseo del resto de su cuerpo, una excusa sobre la edad y la inconveniencia --él ya ronda los setenta, ella no ha cumplido los treinta y cinco--. Debo precisar que el actor ha estado magnífico –no obstante es ya legendario—al interpretar el momento decisivo en que la razón, el temor, los principios y las conveniencias sociales vencen al deseo, el instinto y la pasión y rechaza la invitación, sus ojos no pueden creer lo que oyen mientras la desnudan con la mirada. Al fin y al cabo –se justifica-, se acaban de conocer, sólo han sido unos minutos de agradable conversación, ¿qué sentido tendría, qué opinaría la gente, cómo se juzgaría él mismo después? Ella, impetuosa, herida en su orgullo femenino, no ha reconocido la objeción, ha dado un buen portazo al bajar del coche fingiéndose molesta por el rechazo. Ha dejado, sin embargo, detalles para dejar claro que la invitación sigue en pie: se ha inclinado junto a la ventanilla del coche para despedirse, juntando los brazos al cuerpo, de modo que él no ha podido apartar la mirada de sus pechos tan jóvenes; luego ha apoyado suavemente un dedo en el cristal y lo ha dejado deslizar por el coche al alejarse, él no ha podido dejar de mirar su dedo pegado a su coche pegado a su brazo pegado a su cuerpo. Finalmente, al entrar en casa ha dejado la puerta abierta de par en par, de nuevo he lamentado saber únicamente por las películas que las chicas dejan las puertas abiertas cuando saben que te han convencido, que vas a pasar y la encontrarás desnuda esperándote en el dormitorio.

 Viendo la escena –muy cómodo en estos nuevos cines en los que no hace falta ser contorsionista para permancer sentado dos horas sin provocarse una trombosis— me ha asaltado la terrible certeza de que yo no podría haber sido el protagonista. Yo hubiese arrancado el motor, tal como él ha hecho, quizás también habría echado una última mirada a la puerta abierta, la insistente provocación. Sin duda habría, como él, apretado el acelerador para comenzar la marcha, de vuelta al camino del que me desvié para traerla, de vuelta a la vida segura que ya conozco. Pero él ha frenado enseguida, y ahí nuestras decisiones nos han separado para siempre. Mientras él caminaba hacia la puerta, abierta, esperándole, yo ya conducía por la carretera, reafirmándome una y otra vez en mi decisión, retomando los argumentos de las consecuencias, el deber, lo apropiado y el error que acababa de evitar. Cuando él, agarrado al pasamanos, ha subido la escalera y en la sala se ha escuchado su respiración jadeante y entrecortada, por el esfuerzo o por la sorpresa, no por esperada menos impactante, de encontrarla desnuda tirada en la cama, yo ya tomaba el desvío de la autopista lamentando no haber cometido el error del que había escapado. Y no puedo menos que lamentar que todo en lo aprendido en las películas no hubiera sabido ponerlo en práctica –no me hubiera atrevido-, que yo no hubiera sido él, que no habría historia que contar, que yo no hubiera entrado, no hubiera tomado ese riesgo y no hubiera vivido la pasión posterior, ni siquiera la pasión inmediata. No lo habría hecho nunca, antes de conocerla.

 

La escena pertenece a la película La Mancha Humana, el actor es Anthony Hopkins y ella, Nicole Kidman.

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Géneros y objetos

Géneros y objetos

Un artículo de Rima en Barcelona Metrópolis me ha hecho recordar esta viñeta de Calvin y Hobbes.

Calvin es uno de los héroes de mi juventud: la determinación de Mafalda, la inocencia de Charlie Brown y la capacidad para el mal de Joker. Un genio que, con toda probabilidad, hoy comparte un pequeño apartamento en Berkeley junto a Susie Derkins.

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Juventud, de Jhon Coetzee

Juventud, de Jhon Coetzee

John estuvo a punto de joderme la vida.

Espantado ante la posibilidad de ser llamado a filas en una Sudáfrica hirviente (la novela se sitúa los sesenta: rara es la novela de Coetzee que no referencia, de una u otra forma, el apartheid o el horror sudafricano), John decide cumplir su sueño de marchar a Europa y seguir su plan para convertirse en "un artista que transmute el mundo en arte" (tomando como modelo idealizado a Picasso). Escoge Londres, y no París como quisiera, porque no habla ni papa de francés. Rechaza un par de trabajos con muy mala pinta hasta que encuentra una oferta para hacerse programador en IBM. Pasa unos cursillos de formación y comienza a trabajar en una oficina cerca de Oxford Circus, vestido con el traje negro que compró antes de embarcar… Pero pronto queda decepcionado: esperaba que programar consistiera en convertir a lenguaje de signos y ordenadores la lógica de los programas. En vez de eso se encuentra hablando todo el día de negocio, workflow, cliente A y cliente B, ganancias, competencia… El motto de IBM es "Piensa", está pintado en grande en la gris oficina en la que trabaja. Mientras leía el libro, sólo podía estar agradecido de que a TRileros & Co. (mi empresa de entonces) no se le hubiese ocurrido nada semejante, aún: escribirían algo como "Excelencia" en las paredes. En Comic Sans.

La jornada de John, en teoría, termina a las seis. Sin embargo, sólo las mujeres casadas, con hijos y/o embarazadas se marchan a esa hora: está muy mal visto que los hombres se marchen antes de las siete, e incluso a esa hora. Empieza a salir del trabajo, regularmente, pasadas las diez de la noche. Pero, en vez de hastiarse y abandonar esa vida, se va adaptando poco a poco: al traje, a los horarios, a los compañeros… Con los compañeros, dice, a llegado a un acuerdo tácito según el cual hay una serie de temas que no se tocan en la conversación. "Son tantos, que es sorprendente que quede algo de lo que hablar". Fútbol, clima, trabajo. Conversaciones apasionantes contra el estrés. Cada vez se acuerda menos de Picasso (a quien antes quería emular), se pregunta menos qué haría el artista si estuviera en su lugar, cómo debe comportarse un artista... Ahora, John ya no está tan loco. Un poquito raro es, pero domesticado como el que más.

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