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Derrotando al Dr. Oscuro

Educación

Me alegra que me hagas esa pregunta...

Ayer vi pululando por Internet una de esas noticias que te hiela el alma. "España, en la 111ª posición en el ránking de enseñanza de Matemáticas y Ciencia". Carallo, la 111ª. Reconozco que los profesores aquí somos bastante malos, pero 111... ¿Cuántos países hay, 160, 170? Vaya palo. Los comentarios en dicha noticia, los esperables: que si somos una mierda, que los profesores no pegamos palo al agua, que si país de pandereta...

Pero algo dentro de mí (supongo que el tipo que se pasa varias horas a la semana preparando actividades, corrigiendo ejercicios, viendo cómo progresan la mayoría de mis alumnos...) se rebelaba. No, no puede ser, esto está mal. No somos TAN malos. Tenemos científicos en el CERN colaborando con lo del bosón, a nuestros becarios se los rifan en cuanto salen por ahí, en número de publicaciones científicas no andamos tan mal... Espera, ¿cómo era el nombre del informe? ¿Global Competitiveness Report? Ya. Competitividad. Y lo publica el Foro Económico Mundial. Vamos a echar un vistazo al GCR.

Efectivamente, aquí está: en la página 445 del informe (PDF) está la tabla de clasificación. Singapur en primera posición, en segunda Bélgica, en tercera Finlandia, luego Suiza... Espera, ¿Bélgica? Los otros suelen capitanear siempre las listas y clasificaciones internacionales (PISA, UNESCO, etc...) pero, ¿Bélgica? España, por su parte, hundida en el puesto 111 de un total de 142. Moldavia, Zimbabwe, Irlanda, Surinam, Kirguizistán... todos por encima. Espera, ¿Irlanda? De ése me suena que estábamos mejor en el último PISA. Busquemos a Grecia: posición 61. Por ahí no paso: Grecia salió muy mal parada en PISA... ¿Cómo han medido esto?

En la cabecera de la tabla está la respuesta: ¿Cómo evaluaría Ud. la calidad de la educación matemática y científica en su país? [1 = pobre; 7 = excelente]. ¿Usted? ¿Cómo evaluaría "usted"? ¿A quién se refieren?

A ver la fuente de los datos: Executive Opinion Survey (Encuesta de Opinón Ejecutiva). Empiezo a sudar: las palabras "ejecutivo" y "competitividad" a menos de dos kilómetros de distancia suelen producir una peligrosa reacción léxica con riesgo de explosión semántica... Si se busca el Executive Opinion Survey (EOS) en Google y se accede al primer enlace se encuentra uno con esto. Para acceder hace falta un usuario y contraseña... O sea, que es una encuesta que se hace a "ejecutivos" desde el Foro Económico Mundial. Ejecutivos que hará que no pisan una escuela unos veinte años de media, supongo. Y se les pregunta por su opinión. Del 1 al 7. Grandioso.

En este PDF explican mejor a quién mandan el cuestionario. 130 ejecutivos españoles respondieron a esta encuesta, del 1 al 7, sobre la enseñanza científico-matemática en España. Y sobre otro montón de cuestiones. Con un par.

Ya he perdido toda confianza en el GCR, pero por pura curiosidad comparemos ahora los resultados con los del último informe PISA (2009). Los resultados de España fueron bastante malos, al menos para lo que se debe esperar de un país europeo con nuestro PIB y éxito económico (aún no había estallado la burbuja): puntuación media de 483 en Matemáticas y 488 en Ciencia (sobre una media de 500). Regular pero no catastrófico (15 puntos por debajo de la media, en este tipo de resultados, es estar EN la media). Grecia (puesto 61 en el GCR) tiene un 466/470, significativamente por debajo. Croacia (29ª en el GCR) un 460/486. Catar (nada menos que la 13ª en el GCR) fue la quinta por la cola en PISA con 368/379.

¿Qué han medido, entonces, los del Executive Opinion Survey? Fácil: la opinión que sobre la enseñanza científico-matemática tienen los "ejecutivos" locales. La única conclusión válida, por tanto, es: los ejecutivos de Catar o de Croacia tienen mayor estima por su sistema educativo que los españoles. O ni siquiera eso: los ejecutivos griegos o los indonesios son más generosos cuando se les pide que puntúen, a voleo y en una encuesta on-line, de 1 a 7. Que me imagino yo al Dr. Oscuro (ejecutivo él) haciendo un alto en sus planes de conquista mundial: "¿Las matemáticas? Uf, me acuerdo yo del "Pelucas" (mote que me pusieron en uno de los institutos donde he estado...) Pues... un 4. No, un 2. ¿Un 3? Va, un 3".

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In your face

La Escuela de Música de la Sra. Paraíso

Aún dudó un instante antes de empujar la puerta. “Sigues tan apocado como cuando tenías quince años, carallo”, se regañó en voz baja, tratando de darse un empujón de coraje. Esperó en el vestíbulo hasta que sus ojos se acostumbraron a la refrescante penumbra de la habitación; se sorprendió de estar en la misma estancia que tantas veces había adivinado a través de la puerta, se sintió nervioso, balanceó su cuerpo adelante y atrás apoyándose en el bastón como siempre que necesitaba ahuyentar el miedo. Entretenido en esta danza, distraído con el diseño geométrico de los azulejos, esperaba a ser atendido. Por fin, sintió unos pasos firmes acercándose a grandes zancadas, cada vez más cerca, más fuertes, su corazón más rápido. “Cálmate, leñes”, volvió a increparse. En el patio, secándose las manos en un delantal de paño, apareció una mujer madura de piel tostada y caderas anchas. Llevaba el pelo recogido y un colorido vestido ligero que al trasluz dejaba entrever su figura de matrona sensual. Se sintió estremecer, temió que el bastón no le aguantara, pero permaneció en su puesto, decidido como estaba a cambiar su suerte.

 

-  ¿Sí, qué es lo que usted desea? – preguntó la mujer con dulce acento caribeño.

 - Eh… quería… ah… preguntar… por… las clases. De piano.

- Estamos cerrados, caballero – respondió ella, cambiando las ces por sonoras y melosas eses --. Por vacaciones, hasta septiembre – y señaló la puerta, donde colgaba un cartel que, efectivamente, informaba del cierre de la academia hasta final del verano.

- Ah. Bueno. Lo siento entonces.

- No pasa nada – rió –. Vuelva entonces, cuando abramos el periodo de matrícula.

- Bien… eh… gracias. Me voy.

- Hasta otra – se despidió ella con el tono de voz inusualmente alto que usan los caribeños para saludarse o despedirse.

 

Se volvió, agarró el pomo de la puerta, maldijo su poca iniciativa. Musitó otro reproche hacia sí mismo y, finalmente, consiguió arrancarse  una frase.

 

- Pero… yo he oído música aquí, todos los días a la misma hora, cada vez que paso por la ventana de la esquina, puntual, siempre la misma hora. Cuando vuelvo de la partida, jugamos ahí en el café de Andrés, vengo por esta calle y… - se dio cuenta de que estaba dando demasiadas explicaciones - … y… bueno, pensé que era una clase.

- Ay, no, no es una clase – explicó sonriente –. Soy yo, que toco por las tardes, después de fregar – se señaló el delantal.

- Pues lo hace usted muy bien – aprovechó el hueco para el halago, sus tácticas podían ser anticuadas pero, pensaba, un cumplido nunca ofende.

- Ay, gracias – había conseguido sonrojarla. Claro que tocaba bien, era la profesora, pero el piropo iba bien dirigido y ella se sintió halagada –. Es muy amable.

-  No… lo que pasa es que esa música me ilumina, alegra mis tardes, de veras. Nunca he sabido tocar, soy un absoluto memo, pero me encanta escucharla. No entiendo nada, no conozco los autores – aclaró, no quería caer en un renuncio -, pero siempre que escucho un piano me paro a escuchar.

- ¿Y nunca se animó a tocar?

- No, no. Ya le digo, soy un completo inútil, no tengo oído.

- Eso – dijo ella – no puede ser verdad. No hay memos, no hay inútiles, no existen los negados, especialmente cuando son capaces de sentirlo aquí dentro –se tocó el vientre-, si se vive.

- Eso dicen, todos los músicos, eso dicen. Pero de verdad, nunca fui capaz de juntar cuatro notas – respondió, columpiándose en el bastón, adelante y hacia atrás.

- Entonces –inquirió ella con picardía-, ¿para qué fue que entró?

 

Contuvo una nueva maldición, le había cogido en un renuncio. Se sintió tentado de excusarse, huir, agarrar la puerta y no volver, no repetir el rodeo que hacía para pasar todas las tardes frente a la academia. Pero ella estaba sonriendo, se había desabrochado el delantal y sus ojos oscuros le miraban de frente, divertidos pero interesados. No había sido un galán, pero sabía reconocer el interés en una mirada femenina, no podía marcharse ahora.

 

- Y… se me ocurrió… que tal vez… me dejaran escuchar la clase, aquí dentro. Fuera, ya ve, hace demasiado calor.

- Pero ya le dije, caballero, ahora no hay clases.

- Ya. En ese caso, la seguiré escuchando a usted, desde la ventana, si a usted no le importa.

- ¡Ay pero no, cómo va a hacer eso, se nos va a cocinar ahí abajo! Pase dentro, por favor, ¿quiere un café? Estaba a punto de preparar. Pase, no se me quede ahí.

 

La tarde siguiente volvió a la academia, se disculpó, carraspeó, se justificó, “ayer lo pasé muy bien y, ya ve, en casa no tengo qué hacer, si no le resulto una molestia”, ella preparó otra vez café y charlaron a ratos mientras ella practicaba y él miraba embelesado sus brazos, sus manos, sus largos dedos danzando en la pista blanca y negra del teclado. “Anímese usted, ¿no quiere probar?”, le invitaba, insistente, cada tarde que pasaron juntos en el aula, ella practicando y él sentado en un rincón, el sombrero entre las manos, el bastón colgando de la rodilla, tratando de no ser visto y al mismo tiempo buscando la manera de llamar su atención con algún apunte interesante, con algún comentario culto y digno de la música que ella tocaba para él, declinaba, se avergonzaba, se incomodaba, “no, señora Paraíso, ya le dije, no sabría ni empezar, ni las notas conozco”, y ella aprovechaba para darle lecciones, explicarle la armonía, el tempo, la coordinación entre las manos, “así, Andrés, ¿ve que la mano izquierda marca el ritmo mientras la derecha deletrea la melodía?”.  Poco a poco, las lecciones de la señora Paraíso iban calando en Andrés, que atendía cada palabra suya como un alumno enamorado, que no perdía detalle de sus manos, que aprendía a reconocer a los distintos compositores, a situarlos en sus épocas, a leer las partituras y ya pronto pudo sentarse a su lado y pasar la página en el momento preciso. Los avances de Andrés, pese a ser consciente del interés del que nacían, tenían sorprendida a la señora Paraíso. Muy pocos de sus alumnos habían logrado en tan poco tiempo una comprensión tal de los pentagramas, casi ninguno leía entre sus líneas como lo hacía Andrés, que fue el primero de su larga carrera como profesora que le corrigiera un acorde, explicándole al detalle cómo debía ser tocado, hasta cuando mantener la pausa, un poco más allá de lo esperado, “aún aguante un poco, ahora el oído está preparado, allá va”. Cuando la Academia Paraíso abrió el período de matrícula, Andrés no hubiera encontrado de utilidad los cursos teóricos (Armonía, Solfeo, Historia de la Música), de tantos libros y tratados que devoró en los meses de verano.

 

-  Andrés, me va a contar alguna vez la verdad – lo sorprendió una tarde, nada más cruzar él la puerta. No es que él no estuviera esperando desde hacía semanas una reacción parecida, pero le asustó el tono de su voz, el modo en que no le formulaba una pregunta sino una afirmación, casi una amenaza.

 

Andrés tuvo que jurar y jurar que no mentía, que no se había sentado nunca frente a un piano, jamás había estudiado música, no era un concertista de incógnito riéndose de una vieja profesora, “no, Isabel, no es eso, yo le juro que no era mi intención ofenderla, venía cada tarde a pasar un rato con usted y, ya ve, me ha picado el gusanillo, no se me enfade, por favor, no se enfade usted conmigo”, pero la señora Paraíso no se convencía, no era posible, tendría que decidirse por fin, tocar una pieza, “una de Chopin que tanto le gusta”. Si era el gran pianista que ella pensaba, no podría tocar mal a propósito, ahí ella no se dejaría engañar, ya tenía muchos años de profesión para eso. Andrés, arrinconado, asustado ante la posibilidad de no volver a verla, no tuvo más remedio que colocarse frente al piano, pisar suavemente los pedales, familiarizarse con el instrumento, y tocar el Nocturno en F sostenido, op. 15 que Isabel le tendía. Tan mal tocó que a Isabel no le quedó duda alguna de la inexperiencia de Andrés con la música, nadie finge tan bien, nadie destroza con tal saña la obra por la que el día anterior mostraba tal pasión. Al llegar al final de la segunda línea, le interrumpió, ya no era necesario seguir, “pero, piénselo, usted comprende la música como nadie que yo haya conocido, está en usted aunque no sepa transmitirlo a sus dedos, decídase y déjeme que le enseñe a tocar”. Sentado al piano, dolorido aún con lo que, incapaz, había hecho con el Nocturno, temblando entero por el tacto de la mano de Isabel sobre su brazo, enfrentado a sus ojos negros, Andrés no pudo negarse, se comprometió a matricularse, pero, conquistó, “sólo si usted me da las clases, usted nada más, no puedo, a mis años, seguir el ritmo de una clase”.

 *  *  *

Las lecciones, que Andrés insistió en pagar a precio normal, sin descuentos ni favores, pese a no disponer de una pensión muy elevada y no estar seguro de poder permitírselo, procuraron tanto a la profesora como al alumno muchas noches de intenso placer musical. Isabel nunca había disfrutado tanto con ningún otro alumno, no había experimentado jamás la fantástica sensación de orgullo ante los progresos de un pupilo. Andrés, que nunca fue un estudiante brillante, hubiera aprendido, ejercitado, analizado y memorizado cualquier cosa que de los labios, manos o gestos de Isabel se le indicara. Años después, narrando aquella historia de amor sublimado ante un periodista, bromeaba: “Si la señora Paraíso hubiera montado una academia de peluquería, en vez de concertista yo sería ahora un renombrado peluquero, un segundo Llongueras y no, como usted me ha halagado, un segundo Casals”. El desorbitado amor que llevó a Andrés a convertirse en el gran concertista que llenaba auditorios, teatros y bares, que colocaba el cartel de “No hay billetes” en Madrid, Londres, Buenos Aires, La Habana o Varsovia, que recibía los aplausos mirando al suelo, tímido, avergonzado, lanzándose reproches en voz baja por su apocamiento, se vio recompensado una tarde de noviembre, tres meses después de comenzadas las lecciones (Lecciones de Amor Magistral, se llamaría el libro que escribió el periodista sobre la vida del gran pianista), cuando, atascado en una cadena de acordes que no conseguía hilvanar, Andrés notó la mano de Isabel apoyarse en su hombro, se estremeció, tembló su cuerpo de abajo a arriba escuchando las palabras de su amada profesora, “tienes que estar preparado, cuando toques esta nota la mano debe estar pensando en el siguiente acorde”, la respiración junto a su oreja, el roce involuntario de sus senos en el antebrazo al mostrarle la posición idónea de los dedos:

 

- Isabel, yo tengo que contarte algo, no te puedo engañar más –estalló.

- Ay, no me asustes, Andrés. Dime qué pasa.

- No... no es nada... Pero no creo que pueda continuar con las clases, no estoy siendo honesto, esto no está bien.

- Pero... no digas eso, corazón –“corasón” dijo ella y él sintió doblarse el alma como cada vez que le dirigía un epíteto cariñoso -. Dime qué es lo que a ti te ocurre, cuál es el problema. Si es por el dinero, ya te dije Andresito –y el alma de él de nuevo estremecida– que no es ningún problema, yo comprendo perfectamente y no me importa pasar estos ratos aquí contigo sin cobrarte...

- No, no, no es eso –la interrumpió él –. Si fuera el dinero, ya me apañaría yo. Pero no, de dinero estoy bien. Es sólo que, bueno, no sé como decirlo, –y su alma gritando, insultándole: “¡Carallo, viejo estúpido, díselo ya, no eres ningún jovencito!”  -- Isabel, yo no vengo por el piano. Me gusta, sí, estoy encantado de haber descubierto esta pasión y esta capacidad, a mis años, no lo hubiera creído hace unos meses, y por ello te estaré siempre agradecido. Pero te engaño viniendo aquí, escuchándote, mirándote, sintiéndote, muriéndome de ganas de besarte, Isabel, no está bien, yo ya tengo una edad para estas cosas, siento que te miento cada vez que toco una nota, que tú crees que vengo por el piano, pero vengo sólo por ti, porque estoy enamorado, Isabel, por eso aparecí aquel día en la puerta, porque te había visto, te vi tocar por la ventana y me enamoré como un chiquillo, y no supe otra manera de conocerte que entrar aquí, y ya no pude salir, pero no está bien, no.

- Ay, Andresito –dijo ella, cogiéndole de las manos y atrayéndolo hacia sí, levantándolo del taburete para tenerlo de frente y poder echarse en sus brazos –pero yo eso ya lo sabía, mi amor. Sólo quería oírtelo decir, perdóname, corazón, pero me enternecía verte temblar de amor por mí, debí haberte empujado de alguna manera pero, mi amor, me sentía mirada, adorada, y me gusta tanto...

 

Así fue como Andrés Palacios, famoso concertista, exquisito virtuoso, se inició en la música a través del amor causado por una visión veraniega de una mujer caoba con delantal sentada frente a un piano de cola, amor que habría de acompañarle hasta sus últimos días, durante todos los años de grandes éxitos en tantos festivales, que recorrió de la mano de Isabel Paraíso. O así, al menos, es como Andrés Palacios lo contó al periodista que le hizo aquella entrevista.

Carta a un alumno.

Te veo ahí sentado en mi clase, con la mirada perdida a mitad de camino entre tu libro y la pizarra, mirando lo que escribo pero sin prestar atención ni copiarlo en tu libreta, captando frases sueltas de la explicación mientras tu lenguaje corporal hace todo lo que está en su mano por dejar patente el desinterés hacia la clase, la materia, el profesor, el instituto...

El Instituto es nuestra cárcel”, os oigo decir por los pasillos, y no puedo evitar pensar que hay algo de verdad en ello. Os retenemos aquí seis horas al día, treinta horas a la semana, además de las horas que, en casa, deberíais dedicar a repasar, hacer ejercicios, estudiar, ampliar... Si falta un profesor, enseguida viene otro a poner orden, a mandar y ordenar, a juzgar vuestro comportamiento. Si faltáis vosotros, os preguntamos por qué, os exigimos una justificación de vuestros padres, llamamos a casa. Cercenamos cualquier asomo de libertad en cuanto asoma la cabeza, queremos teneros controlados. Os tratamos, en 4º de ESO, cuando algunos ya casi estáis en edad de votar o de conducir, como si estuvierais en una guardería.

¿No lo entendéis? Estáis en una guardería. Ésa, y no otra, es la principal función de la Escuela hoy en día.

Deberías protestar. En serio. Vuestros profesores deberían concentrarse en enseñar, en transmitiros no sólo su conocimiento, sino su habilidad para adquirirlo. No deberían estar pendientes de otra cosa que de vuestro aprendizaje. En ello va vuestro futuro. Pero no pueden, se pasan el día pendientes de los partes, de las faltas, de las guardias, de ordenar... Tampoco es culpa suya. Piénsalo. La elección es muy fácil: entre dar clase o gritar, poner partes, mandar callar, etc, la elección es muy clara. Todos tus profesores preferirían pasar las horas dando clase, hablando sobre su materia (se especializaron en ella, pasaron una carrera universitaria de al menos cuatro años estudiando esa materia, ¡les encanta!) que un solo minuto poniendo orden en una clase. ¿Por qué no lo hacen?

Te veo ahí, sentado, con el libro cerrado y el bolígrafo sobre la mesa. Estoy explicando algo crucial, una de las bases sobre las que se sustenta la materia completa (no la asignatura, no: la materia, la ciencia, la disciplina, el conocimiento) y no estás prestando atención. Uso el cebo del examen para atraparte: “esto entrará seguro en el examen final, contará al menos dos puntos”, y por un momento miras hacia la pizarra. Sé que sabes que los exámenes son importantes. Tener el título pasa por aprobar los exámenes, continuar hacia delante pasa por tener el título, poder elegir tu futuro pasa por continuar hacia delante. Ojalá entendieras esto último, y no lo del examen. No te estoy enseñando esto para que apruebes, ni siquiera para que te lo aprendas. Te lo estoy contando para que veas de qué va el mundo, qué es lo que se ha hecho en él antes de que llegaras y cuáles son las opciones que tendrás, las herramientas de las que dispondrás, los límites a los que tendrás que ceñirte o de qué manera podrás avanzar.

De repente, un día, preguntas por tus opciones. Quieres hacer Bachillerato, ir a la Universidad. Me echo a temblar: sé que no estás preparado, sé que no te has entrenado suficiente, que confías demasiado en que, llegado el momento, serás capaz de apretar, estudiar, sacar adelante lo que sea que te echen. Pero no es cierto, ya no lo es. Eso se lo decíamos a tus padres hace dos o tres años para motivarte: “Es muy inteligente, si quisiera, podría, pero es que es muy vago, muy flojo, no hace nada...” Aún ahora se lo decimos a algunos: “Si tú quisieras, si te esforzaras más, pero lo que pasa es que no haces lo suficiente...” Mentira. Para muchos ya es tarde. Nunca podrán. Ya no serán niños, ya no tendrán la predisposición mental. Intenta enseñar a un cachorrillo a dar la pata. Intenta enseñárselo a un perro ya viejo. Hay un refrán para eso.

Quizá pienses que es culpa de tu profesor. No te presta atención. No sabe dar clase. No se explica bien. No es muy simpático. Sus clases no son divertidas, no te motivan. Sólo sabe sentarse en su mesa y ponerse a hablar de sus cosas, escribir datos, fechas, nombres, teoremas en la pizarra y mandar ejercicios, corregirlos, preguntarte si los has hecho. ¿Los has hecho? ¿Por qué no? No te gusta la asignatura: ¿y qué? ¿Acaso crees que todo lo que vas a aprender en tu vida va a ser divertido e interesante? Diseñar un videojuego, programarlo, probarlo, tiene que ser apasionante, seguro. Pero detrás hay un lenguaje de programación, años aprendiendo y practicando, comprendiendo las relaciones entre las opciones al apretar un botón y las funciones matemáticas, la importancia del sujeto y el predicado o la posición de determinado código en el programa. La mayor parte de los lenguajes de programación, por cierto, están en inglés.

A lo mejor te interesa la Historia, la Literatura, el Arte. Eres de letras. Te entusiasmará, entonces, aprenderte una larga lista de fechas, autores, museos, hallazgos, teorías. Sólo así podrás relacionarlas, si las conoces. Cuando encuentres un objeto del año 85 a.C., querrás saber quién gobernaba en Roma entonces, qué leyes regían su mundo, qué pensaban acerca de la creación del mundo, cómo era el comercio con otros países. Así podrás explicarte qué diablos hace una vasija egipcia en una tumba celta. Cuando analices la revolución industrial, los movimientos obreros, las guerras mundiales, querrás saber qué adelantos técnicos estaban disponibles, cómo influenciaron, quién se llevó el gato al agua gracias a qué aparato. Cuando leas una obra maestra, cuando mires una pintura, probablemente la apreciarás mejor si sabes quién es el tipo del sombrero. Querrás saber francés, latín, griego.

Algún día firmarás un contrato. Querrás saber leerlo. Querrás saber calcular tus derechos, querrás ser independiente.

¿O de verdad quieres poner ladrillos, cobrar en una tienda, recoger fruta, servir platos? No me interpretes mal, son profesiones muy dignas, pero... tienes dieciséis años: ¿de veras quieres que esa sea tu vida? ¿No sueñas con pilotar un avión, encontrar una energía limpia, diseñar un edificio, defenderte contra las leyes, reescribirlas? ¿Nunca has pensado en realizar un transplante a corazón abierto? ¿En trabajar en una gran empresa, viajar, conocer gente?

Ojalá despertaras, ojalá fueras consciente de ti mismo, de tus propios sueños y posibilidades. Ojalá comprendieras que lo que te estoy ofreciendo es una linterna, un mapa del camino, un libro de instrucciones. Que no soy tu enemigo. Que no puedo ayudarte si tú no quieres. Que es muy cansado llevarte de la mano mientras tú tiras hacia el otro lado.

El año que viene ya no me preocuparás. Tendré otros alumnos. Ojalá despierten.

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...like captured fireflies

 

 

Mi hijo de once años vino hace poco y con tono lastimero me preguntó: “¿Durante cuánto tiempo más voy a tener que ir al colegio?” .

“Unos quince años”, le dije.

“¡Oh Dios!” dijo, desanimado. “¿Tengo que ir?”

“Me temo que sí. Es terrible y no te voy a intentar decirte que no lo sea. Pero te puedo decir esto:  si tienes mucha suerte, quizá encuentres un profesor, y eso es algo maravilloso”.

“¿Tú encontraste alguno?”.

“Yo encontré tres”, dije.

Los adultos acostumbran a olvidar lo duro y aburrido y largo que era el colegio. El aprendizaje de memoria de todas las cosas básicas que uno debe saber es el esfuerzo más increíble e inacabable. Aprender a leer es probablemente lo más difícil y revolucionario que le ocurre al cerebro humano, y si no lo crees observa a un adulto analfabeto intentar hacerlo. El colegio no es fácil y no es muy divertido en su mayor parte, pero, si eres realmente afortunado, quizá encuentres un profesor. Tres profesores de verdad a lo largo de una vida es la mejor de las suertes. La primera fue una profesora de Ciencias y Matemáticas en el instituto, el segundo un profesor de Escritura Creativa en Stanford y el tercero fue mi amigo y socio, Ed Ricketts.

He llegado a pensar que un gran profesor es un gran artista y que hay tan pocos como grandes artistas. Incluso puede que sea la más grande de las Artes puesto que el medio es la mente y el ingenio humanos.

Mis tres profesores tenían lo siguiente en común: todos ellos amaban lo que hacían. No contaban: catalizaban un ardiente deseo de saber. Bajo su influencia, los horizontes se abrían y el miedo se disipaba y lo desconocido se convertía en asequible. Pero lo más importante de todo: la verdad, esa cosa tan peligrosa, devenía bella y bastante preciosa.

Hablaré sólo sobre mi primera profesora porque, además de otras cosas, ella aportó el descubrimiento.

Nos solía llevar a ruidosas y agitadas discusiones. Tenía la clase más ruidosa de todas y ni siquiera parecía darse cuenta. No podíamos nunca ceñirnos al tema: geometría o la recitación cantada de los tipos de Pila. Nuestra especulación abarcaba el mundo entero. Ella nos inspiró curiosidad para que aprendiéramos hechos y datos y los protegiéramos en nuestras manos como luciérnagas atrapadas.

Fue despedida, y quizá con razón, por su fracaso en enseñarnos lo fundamental. Tales cosas deben ser aprendidas. Pero nos dejó una pasión por el mundo conocible y, a mí, me prendió con una curiosidad que nunca me ha dejado. No era capaz de hacer operaciones simples, pero a través de ella sentía que lo abstracto de las matemáticas era como la música. Cuando la echaron, nos invadió la tristeza, pero la luz no desapareció. Dejó su firma sobre nosotros, la literatura del profesor que escribe sobre las mentes. He tenido muchos profesores que me contaban datos que pronto olvidaba, pero sólo tres que crearon en mí algo nuevo, una nueva actitud y un nuevo ansia. Supongo que soy en gran parte el manuscrito no firmado de aquella profesora de instituto. Qué poder tan inmortal yace en las manos de una persona así.

Puedo decirle a mi hijo, que mira con temor quince años de penoso trabajo que en algún lugar de esa polvorienta oscuridad puede ocurrir una magia que iluminará sus años... si tiene mucha suerte.

 

John Steinbeck (1955)

America and Americans

 

Yo me reclamo como un aficionado a la escuela.

Pascasio era es uno de los mejores amigos de mi abuelo materno. Nacido en el mismo año que él, 1915, fue maestro durante la II República y continuó siéndolo después de la guerra. Aunque nunca haya hablado directamente con él, es una de las personas hacia las que mayor respeto y reverencia siento. Escribe a menudo en las Cartas al Director del Ideal de Granada (algún artículo de opinión también), y de vez en cuando cruza por mi mente llamarlo por teléfono y quedar con él para charlar de mi abuelo y, sobre todo, de nuestra profesión común.

Hace unos días publicaron otra de sus cartas, que titularon Elogio de la afición:

Señor Director de IDEAL: He ejercido la función pública en calidad de maestro nacional y director escolar durante cerca de cincuenta años -exactamente cuarenta y ocho- a partir del año treinta y seis hasta el ochenta y tres del siglo pasado, en que me llegó la jubilación forzosa. Mi formación pedagógica abarca ocho cursos -los cuatro del antiguo Plan 14 y los cuatro del llamado Plan Profesional establecido por la República-. Mi experiencia escolar anterior a los estudios reglados la adquirí en una escuela privada confesional de mi aldea -un burgo sano y no de los podridos citados por Azaña- con la conciencia social obrera de su campesinado muy desarrollada.

Dicho esto quiero precisar: que desde el primer día que me hice cargo de una escuela unitaria con cincuenta alumnos de seis a doce años me planteé "cómo haría para que mi labor fuese lo más fecunda y eficiente en provecho de los niños" y cuando a los cuarenta y ocho años de servicios y sesenta y ocho, edad de mi jubilación forzosa, el interrogante sobre la eficiencia de mi quehacer escolar seguía en pie. Este interrogante sólo se lo formula un aficionado instalado en la inseguridad o en la duda de su quehacer; jamás un maestro o profesional desde la seguridad dogmática de su oficio. Yo me reclamo pues simplemente como un aficionado a la escuela.

Firmado: Pascasio Mazuecos Escobar.

El futuro señalado

Abdel está en 3º de ESO (antiguo 1ºBUP), es repetidor y más alto y fuerte que sus compañeros. De hecho, yo diría que es más alto que yo. Lo de fuerte espero no tener que comprobarlo. Llega tarde a clase, se sienta al fondo, adopta una pose pasota y no hace nada más. Ni siquiera finge trabajar: no saca la libreta ni el libro, dudo, de hecho, que los traiga. No molesta demasiado, y el resto de profesores me aconseja que me conforme con eso, que pase de él, que al menos no molesta. Tiene 15 años y el futuro muy claro: nada que requiera un mínimo de educación. Hoy le he dicho algo, ’saca la libreta’, o algo así. Su respuesta ha sido un insulto en cherja, el dialecto que hablan en Melilla y alrededores. Lo he dejado pasar. Me han enseñado los tres insultos principales (me cago en tu madre, me cago en tu padre, vete a tomar por culo), pero... Me apena más este chaval, al que no tengo que gritar, ni mandar callar, ni nada, que todos los demás. 
 
Farid se sienta a su lado. No es repetidor, parece que en otros años le fue más o menos bien. Pero tiene 14 años, y quiere ser más chulito que nadie. Sobre todo, quiere impresionar a Abdel y a Samira, la chica repetidora, que se sienta delante. Samira es más lista: repite curso pero por vaga. Pero entre ella y Abdel, Farid no hace nada. A él sí le obligamos a sacar la libreta, a intentarlo. Y cuando lo hace, logra comprender, tiene facilidad, es listo. Pero suspenderá, casi seguro, no atiende en clase, no hace nada en casa, y además quiere presumir de ello. Otro futuro despejado a los 14 años. Este, al menos, sacará el Graduado.
 
Mohamed Mohamed Mohamed (tengo más de un alumno con este triple nombre) parece varios años menor que Farid, pero tienen la misma edad. Aún no ha dado el estirón, tiene gafas (gafotas, en realidad), es chiquitillo y menudillo, y su voz se parece más a la de las chicas de su edad que a la de los chicos. Se sienta delante, con las niñas: atiende, trabaja, se esfuerza. Me enternece su candidez: cuando termina la tarea levanta el cuaderno y me lo enseña, ’¡Profe, ya he terminado!’ para que vea qué aplicado es. Laila, también en primera fila, sí que pegó el estirón. También atiende, también trabaja, aunque parece que en lugar de una clase esté en el Mercado. Me llama a gritos cuando estoy en la otra punta del aula para que le diga si está haciendo bien el ejercicio o no. La mayor parte de las veces sí que lo está haciendo bien.
 
Sin embargo, tampoco creo que Mohamed tenga, en el futuro, la posibilidad de elegir. No llegará a médico, ni ingeniero, ni, me temo, profesor de secundaria. Quizá pueda con una Diplomatura, si se esfuerza mucho. Es listo, pero no le estamos enseñando nada. Sus compañeros se encargan de ello: el nivel que damos en clase es ínfimo, exigimos aún menos. No enseñamos las cosas más complicadas que vienen en el libro porque ’no hay nivel’. Pero esas cosas se las darán por sabidas a Mohamed si quiere ir a la Universidad. Se supone que en el Bachillerato, una vez que en clase queden sólo los que tengan interés real, se arreglará ese desnivel, se les pedirá un esfuerzo extra para igualarlos con otros institutos. Pero el color de la piel no se lo van a aclarar. En esta ciudad será siempre sospechoso. En el resto del país, culpable.

En Melilla, a 5 de marzo de 2007.

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