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In your face

03/05/2012 20:06 imanpas Enlace permanente. Educación No hay comentarios. Comentar.

Jolene

En un episodio de "Padre Made in USA", Roger (el alienígena escondido en el ático con una mortadeliana habilidad para disfrazarse) necesita coger el coche pero está demasiado borracho para conducir. No hay problema, hay canciones que pueden ponerte sobrio en un instante.

La canción se llama "Jolene" y es interpretada por Dolly Parton. El siguiente vídeo muestra todo lo que Estados Unidos puede dar de sí (entiéndase esta última frase con el mayor respeto y admiración).

Ese parking de caravanas. Ese pelazo que no se movería ni un milímetro durante ese tornado. Esa chica alegre que acaba de llegar y va a destrozar la familia. Jolene, please don’t take my man, please don’t take him just because you can. Jolene, yo tuve tu edad, una vez. Mis tetas eran tan firmes y tiernas como las tuyas. Así los tenía, así. Pero ahora no, ahora tengo lo que tengo. A mi hombre. No me lo quites, niña. No te lo lleves, aunque sea solo porque te apiades de mí, por pena, por solidaridad con la mujer que serás dentro de 20 años. Jolene, Jolene, Jolene.

02/05/2012 10:28 imanpas Enlace permanente. DDO No hay comentarios. Comentar.

Derrotando al Dr. Oscuro VII

En cierta ocasión, el Dr. Oscuro decidió que, para desarrollar sus planes de conquista mundial, debía contratar a los más brillantes alumnos de las mejores universidades de Física, Matemáticas e Ingeniería.

 

Afortunadamente, nosotros habíamos desarrollado previamente un adictivo RPG online. Los muy frikis invirtieron todo el dinero del Dr. Oscuro en armaduras mágicas y amuletos de hechizos x5 para sus personajes. Así fue como, una vez más, derrotamos al Dr. Oscuro.

Derrotando al Dr. Oscuro VI

En cierta ocasión, el Dr. Oscuro contrató a cien sanguinarios y despiadados asesinos para utilizarlos en sus planes de dominación mundial. Se aseguró, además, de contratar a los menos inteligentes para asegurarse fácilmente su obediencia.

Por suerte, todos ellos tenían que pasar por el aeropuerto donde únicamente tuvimos que poner a un par de nuestros hombres a la salida de la recogida de equipajes sosteniendo en alto un cartelito que ponía "Dr. Oscuro". Vinieron como corderitos.

Así fue como, una vez más, derrotamos al Dr. Oscuro.

23/01/2012 21:01 imanpas Enlace permanente. DDO Hay 1 comentario.

Españistán

 

Visto a través del Tito Rinze.

27/05/2011 11:53 imanpas Enlace permanente. Política No hay comentarios. Comentar.

El futuro

Aunque el video no explica en detalle cómo funciona (de hecho, se me alborota el ano cuando dice "sensores que mágicamente detectan lo que le rodea..."), es uno de esos inventos que nos cambiarán la vida de aquí a, digamos, 20 años.

 

 

15/04/2011 00:07 imanpas Enlace permanente. Política No hay comentarios. Comentar.

La curva de la felicidad

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Hace poco (vergonzantemente poco, debiera decir) me he enterado de cómo funciona en España el IRPF "por tramos". Solía pensar que "por tramos" significaba "por escalones", y que, en los límites entre cada escalón, se producían anomalías absurdas como ganar más dinero que antes pero quedarte con menos debido a los impuestos.

Como no podía ser de otra forma, esto no es así, sino que los tramos se aplican a la parte "excedente" del tramo inferior. Para una explicación mejor, se puede ver este artículo.

Lo que me ha sorprendido más es el resultado de hacer ciertos números... Siempre había pensado que la curva del porcentaje real que se paga de impuestos respecto de los ingresos era una curva progresiva: cuanto más ingresos, mayor porcentaje y, además, mayor crecimiento del porcentaje. Esto es, que si con 15 mil € de ingreso se paga un 15,9% y con 30 mil € un 21,6% (5,5% más), entonces aumentando otros 15 mil € pagaríamos más de un 27,1% (el porcentaje crecería más del 5,5% anterior). Así, hasta llegar a un límite a partir del cual todos pagarían el mismo porcentaje (en caso contrario se llegaría a gravar un 100% y eso no puede ser...).

Pues no: la curva que relaciona el porcentaje real que pagamos de impuestos respecto de nuestros ingresos tiene otra forma, una muy sorprendente. Cuanto más ganes, menos crece ese porcentaje (crece, pero a ritmo más lento). Eso de arriba es la famosa curva de la felicidad.

14/04/2011 11:23 imanpas Enlace permanente. Política No hay comentarios. Comentar.

La Escuela de Música de la Sra. Paraíso

Aún dudó un instante antes de empujar la puerta. “Sigues tan apocado como cuando tenías quince años, carallo”, se regañó en voz baja, tratando de darse un empujón de coraje. Esperó en el vestíbulo hasta que sus ojos se acostumbraron a la refrescante penumbra de la habitación; se sorprendió de estar en la misma estancia que tantas veces había adivinado a través de la puerta, se sintió nervioso, balanceó su cuerpo adelante y atrás apoyándose en el bastón como siempre que necesitaba ahuyentar el miedo. Entretenido en esta danza, distraído con el diseño geométrico de los azulejos, esperaba a ser atendido. Por fin, sintió unos pasos firmes acercándose a grandes zancadas, cada vez más cerca, más fuertes, su corazón más rápido. “Cálmate, leñes”, volvió a increparse. En el patio, secándose las manos en un delantal de paño, apareció una mujer madura de piel tostada y caderas anchas. Llevaba el pelo recogido y un colorido vestido ligero que al trasluz dejaba entrever su figura de matrona sensual. Se sintió estremecer, temió que el bastón no le aguantara, pero permaneció en su puesto, decidido como estaba a cambiar su suerte.

 

-  ¿Sí, qué es lo que usted desea? – preguntó la mujer con dulce acento caribeño.

 - Eh… quería… ah… preguntar… por… las clases. De piano.

- Estamos cerrados, caballero – respondió ella, cambiando las ces por sonoras y melosas eses --. Por vacaciones, hasta septiembre – y señaló la puerta, donde colgaba un cartel que, efectivamente, informaba del cierre de la academia hasta final del verano.

- Ah. Bueno. Lo siento entonces.

- No pasa nada – rió –. Vuelva entonces, cuando abramos el periodo de matrícula.

- Bien… eh… gracias. Me voy.

- Hasta otra – se despidió ella con el tono de voz inusualmente alto que usan los caribeños para saludarse o despedirse.

 

Se volvió, agarró el pomo de la puerta, maldijo su poca iniciativa. Musitó otro reproche hacia sí mismo y, finalmente, consiguió arrancarse  una frase.

 

- Pero… yo he oído música aquí, todos los días a la misma hora, cada vez que paso por la ventana de la esquina, puntual, siempre la misma hora. Cuando vuelvo de la partida, jugamos ahí en el café de Andrés, vengo por esta calle y… - se dio cuenta de que estaba dando demasiadas explicaciones - … y… bueno, pensé que era una clase.

- Ay, no, no es una clase – explicó sonriente –. Soy yo, que toco por las tardes, después de fregar – se señaló el delantal.

- Pues lo hace usted muy bien – aprovechó el hueco para el halago, sus tácticas podían ser anticuadas pero, pensaba, un cumplido nunca ofende.

- Ay, gracias – había conseguido sonrojarla. Claro que tocaba bien, era la profesora, pero el piropo iba bien dirigido y ella se sintió halagada –. Es muy amable.

-  No… lo que pasa es que esa música me ilumina, alegra mis tardes, de veras. Nunca he sabido tocar, soy un absoluto memo, pero me encanta escucharla. No entiendo nada, no conozco los autores – aclaró, no quería caer en un renuncio -, pero siempre que escucho un piano me paro a escuchar.

- ¿Y nunca se animó a tocar?

- No, no. Ya le digo, soy un completo inútil, no tengo oído.

- Eso – dijo ella – no puede ser verdad. No hay memos, no hay inútiles, no existen los negados, especialmente cuando son capaces de sentirlo aquí dentro –se tocó el vientre-, si se vive.

- Eso dicen, todos los músicos, eso dicen. Pero de verdad, nunca fui capaz de juntar cuatro notas – respondió, columpiándose en el bastón, adelante y hacia atrás.

- Entonces –inquirió ella con picardía-, ¿para qué fue que entró?

 

Contuvo una nueva maldición, le había cogido en un renuncio. Se sintió tentado de excusarse, huir, agarrar la puerta y no volver, no repetir el rodeo que hacía para pasar todas las tardes frente a la academia. Pero ella estaba sonriendo, se había desabrochado el delantal y sus ojos oscuros le miraban de frente, divertidos pero interesados. No había sido un galán, pero sabía reconocer el interés en una mirada femenina, no podía marcharse ahora.

 

- Y… se me ocurrió… que tal vez… me dejaran escuchar la clase, aquí dentro. Fuera, ya ve, hace demasiado calor.

- Pero ya le dije, caballero, ahora no hay clases.

- Ya. En ese caso, la seguiré escuchando a usted, desde la ventana, si a usted no le importa.

- ¡Ay pero no, cómo va a hacer eso, se nos va a cocinar ahí abajo! Pase dentro, por favor, ¿quiere un café? Estaba a punto de preparar. Pase, no se me quede ahí.

 

La tarde siguiente volvió a la academia, se disculpó, carraspeó, se justificó, “ayer lo pasé muy bien y, ya ve, en casa no tengo qué hacer, si no le resulto una molestia”, ella preparó otra vez café y charlaron a ratos mientras ella practicaba y él miraba embelesado sus brazos, sus manos, sus largos dedos danzando en la pista blanca y negra del teclado. “Anímese usted, ¿no quiere probar?”, le invitaba, insistente, cada tarde que pasaron juntos en el aula, ella practicando y él sentado en un rincón, el sombrero entre las manos, el bastón colgando de la rodilla, tratando de no ser visto y al mismo tiempo buscando la manera de llamar su atención con algún apunte interesante, con algún comentario culto y digno de la música que ella tocaba para él, declinaba, se avergonzaba, se incomodaba, “no, señora Paraíso, ya le dije, no sabría ni empezar, ni las notas conozco”, y ella aprovechaba para darle lecciones, explicarle la armonía, el tempo, la coordinación entre las manos, “así, Andrés, ¿ve que la mano izquierda marca el ritmo mientras la derecha deletrea la melodía?”.  Poco a poco, las lecciones de la señora Paraíso iban calando en Andrés, que atendía cada palabra suya como un alumno enamorado, que no perdía detalle de sus manos, que aprendía a reconocer a los distintos compositores, a situarlos en sus épocas, a leer las partituras y ya pronto pudo sentarse a su lado y pasar la página en el momento preciso. Los avances de Andrés, pese a ser consciente del interés del que nacían, tenían sorprendida a la señora Paraíso. Muy pocos de sus alumnos habían logrado en tan poco tiempo una comprensión tal de los pentagramas, casi ninguno leía entre sus líneas como lo hacía Andrés, que fue el primero de su larga carrera como profesora que le corrigiera un acorde, explicándole al detalle cómo debía ser tocado, hasta cuando mantener la pausa, un poco más allá de lo esperado, “aún aguante un poco, ahora el oído está preparado, allá va”. Cuando la Academia Paraíso abrió el período de matrícula, Andrés no hubiera encontrado de utilidad los cursos teóricos (Armonía, Solfeo, Historia de la Música), de tantos libros y tratados que devoró en los meses de verano.

 

-  Andrés, me va a contar alguna vez la verdad – lo sorprendió una tarde, nada más cruzar él la puerta. No es que él no estuviera esperando desde hacía semanas una reacción parecida, pero le asustó el tono de su voz, el modo en que no le formulaba una pregunta sino una afirmación, casi una amenaza.

 

Andrés tuvo que jurar y jurar que no mentía, que no se había sentado nunca frente a un piano, jamás había estudiado música, no era un concertista de incógnito riéndose de una vieja profesora, “no, Isabel, no es eso, yo le juro que no era mi intención ofenderla, venía cada tarde a pasar un rato con usted y, ya ve, me ha picado el gusanillo, no se me enfade, por favor, no se enfade usted conmigo”, pero la señora Paraíso no se convencía, no era posible, tendría que decidirse por fin, tocar una pieza, “una de Chopin que tanto le gusta”. Si era el gran pianista que ella pensaba, no podría tocar mal a propósito, ahí ella no se dejaría engañar, ya tenía muchos años de profesión para eso. Andrés, arrinconado, asustado ante la posibilidad de no volver a verla, no tuvo más remedio que colocarse frente al piano, pisar suavemente los pedales, familiarizarse con el instrumento, y tocar el Nocturno en F sostenido, op. 15 que Isabel le tendía. Tan mal tocó que a Isabel no le quedó duda alguna de la inexperiencia de Andrés con la música, nadie finge tan bien, nadie destroza con tal saña la obra por la que el día anterior mostraba tal pasión. Al llegar al final de la segunda línea, le interrumpió, ya no era necesario seguir, “pero, piénselo, usted comprende la música como nadie que yo haya conocido, está en usted aunque no sepa transmitirlo a sus dedos, decídase y déjeme que le enseñe a tocar”. Sentado al piano, dolorido aún con lo que, incapaz, había hecho con el Nocturno, temblando entero por el tacto de la mano de Isabel sobre su brazo, enfrentado a sus ojos negros, Andrés no pudo negarse, se comprometió a matricularse, pero, conquistó, “sólo si usted me da las clases, usted nada más, no puedo, a mis años, seguir el ritmo de una clase”.

 *  *  *

Las lecciones, que Andrés insistió en pagar a precio normal, sin descuentos ni favores, pese a no disponer de una pensión muy elevada y no estar seguro de poder permitírselo, procuraron tanto a la profesora como al alumno muchas noches de intenso placer musical. Isabel nunca había disfrutado tanto con ningún otro alumno, no había experimentado jamás la fantástica sensación de orgullo ante los progresos de un pupilo. Andrés, que nunca fue un estudiante brillante, hubiera aprendido, ejercitado, analizado y memorizado cualquier cosa que de los labios, manos o gestos de Isabel se le indicara. Años después, narrando aquella historia de amor sublimado ante un periodista, bromeaba: “Si la señora Paraíso hubiera montado una academia de peluquería, en vez de concertista yo sería ahora un renombrado peluquero, un segundo Llongueras y no, como usted me ha halagado, un segundo Casals”. El desorbitado amor que llevó a Andrés a convertirse en el gran concertista que llenaba auditorios, teatros y bares, que colocaba el cartel de “No hay billetes” en Madrid, Londres, Buenos Aires, La Habana o Varsovia, que recibía los aplausos mirando al suelo, tímido, avergonzado, lanzándose reproches en voz baja por su apocamiento, se vio recompensado una tarde de noviembre, tres meses después de comenzadas las lecciones (Lecciones de Amor Magistral, se llamaría el libro que escribió el periodista sobre la vida del gran pianista), cuando, atascado en una cadena de acordes que no conseguía hilvanar, Andrés notó la mano de Isabel apoyarse en su hombro, se estremeció, tembló su cuerpo de abajo a arriba escuchando las palabras de su amada profesora, “tienes que estar preparado, cuando toques esta nota la mano debe estar pensando en el siguiente acorde”, la respiración junto a su oreja, el roce involuntario de sus senos en el antebrazo al mostrarle la posición idónea de los dedos:

 

- Isabel, yo tengo que contarte algo, no te puedo engañar más –estalló.

- Ay, no me asustes, Andrés. Dime qué pasa.

- No... no es nada... Pero no creo que pueda continuar con las clases, no estoy siendo honesto, esto no está bien.

- Pero... no digas eso, corazón –“corasón” dijo ella y él sintió doblarse el alma como cada vez que le dirigía un epíteto cariñoso -. Dime qué es lo que a ti te ocurre, cuál es el problema. Si es por el dinero, ya te dije Andresito –y el alma de él de nuevo estremecida– que no es ningún problema, yo comprendo perfectamente y no me importa pasar estos ratos aquí contigo sin cobrarte...

- No, no, no es eso –la interrumpió él –. Si fuera el dinero, ya me apañaría yo. Pero no, de dinero estoy bien. Es sólo que, bueno, no sé como decirlo, –y su alma gritando, insultándole: “¡Carallo, viejo estúpido, díselo ya, no eres ningún jovencito!”  -- Isabel, yo no vengo por el piano. Me gusta, sí, estoy encantado de haber descubierto esta pasión y esta capacidad, a mis años, no lo hubiera creído hace unos meses, y por ello te estaré siempre agradecido. Pero te engaño viniendo aquí, escuchándote, mirándote, sintiéndote, muriéndome de ganas de besarte, Isabel, no está bien, yo ya tengo una edad para estas cosas, siento que te miento cada vez que toco una nota, que tú crees que vengo por el piano, pero vengo sólo por ti, porque estoy enamorado, Isabel, por eso aparecí aquel día en la puerta, porque te había visto, te vi tocar por la ventana y me enamoré como un chiquillo, y no supe otra manera de conocerte que entrar aquí, y ya no pude salir, pero no está bien, no.

- Ay, Andresito –dijo ella, cogiéndole de las manos y atrayéndolo hacia sí, levantándolo del taburete para tenerlo de frente y poder echarse en sus brazos –pero yo eso ya lo sabía, mi amor. Sólo quería oírtelo decir, perdóname, corazón, pero me enternecía verte temblar de amor por mí, debí haberte empujado de alguna manera pero, mi amor, me sentía mirada, adorada, y me gusta tanto...

 

Así fue como Andrés Palacios, famoso concertista, exquisito virtuoso, se inició en la música a través del amor causado por una visión veraniega de una mujer caoba con delantal sentada frente a un piano de cola, amor que habría de acompañarle hasta sus últimos días, durante todos los años de grandes éxitos en tantos festivales, que recorrió de la mano de Isabel Paraíso. O así, al menos, es como Andrés Palacios lo contó al periodista que le hizo aquella entrevista.

10/02/2011 22:31 imanpas Enlace permanente. Educación No hay comentarios. Comentar.

A precios de risa

Planeabas viajar a Túnez y a Egipto, pero los eventos geopolíticos no te lo permiten? Tranquilo, no tienes una si no varias opciones para modificar y no anular tus futuras vacaciones. Por supuesto Easyviajar te las ha listado. Sol, playa, precios de ganga: muchos destinos cerca de casa, reúnen tus exigencias en un solo clic. Consecuentemente al efecto Túnez-Egipto como otros 150 000 turistas quienes están en tu situación, podrás viajar a las Canarias. Un destino tranquilo, bonito y a un par de horas de casa. El archipiélago goza de los desvíos de los turoperadores, viendo así una tasa de ocupación del 100 por ciento en su oferta hotelera. Tenerife, Fuerteventura, Gran Canaria, Lanzarote son las estrellas del turismo europeo, tal como la Costa Blanca, Turquía, Grecia y ciudades europeas como Florencia, Venecia, Paris o Londres. Así que esperando que la situación mejore en dichos países por cierto maravillosos, no dudes en reservar rápido para asegurarte una plaza en las Canarias o en los otros destinos mencionados, mediante los numerosos Turoperadores, las aerolíneas y los hoteleros, en un clic podrás aprovechar de tus vacaciones ¡a precio de risa!

 

Llevo un rato leyendo esta publicidad que me ha llegado al correo, y aún no puedo decidirme por una frase como la más ofensiva de todas ellas. Lo de eventos geopolíticos no deja de molar, pero el hecho de esperar que la situación mejore en esos países por cierto maravillosos es ciertamente sublime. Todo, a precios de risa.

El demonio son los otros

Jameelah lleva más de ocho años en el campo de Kharaz y sigue tan enferma como el día en que desembarcó. Las dolencias ya no están en su cuerpo, pero las carga en el alma. Se vino dejando atrás a su madre y a sus cinco hermanos. Trajo consigo a su único hijo, que murió durante la travesía de un golpe que le asestaron en la cabeza. A partir de entonces, tan pronto logra dormirse, Jameelah cae en una pesadilla que la martiriza. Sueña que un yenil, o demonio, la arrastra hacia una construcción de tres pisos donde la somete a juicio. En el primer piso, la condena por la muerte del hijo. En el segundo piso, la condena por abandonar a la madre y los hermanos. En el último piso también la condena, pero al despertar, ella no logra recordar por qué motivo era juzgada esa tercera vez. Jorge, uno de los psicólogos de MSF, le da un cuaderno y le pide "Jameelah, escribe tu sueño". Ella lo hace. Jorge lee y le dice: "Ahora vamos a preparar tu defensa. La próxima vez vas a explicarle al yenil que viniste a Yemen para trabajar y enviarle dinero a tu madre, que no la abandonaste, ni tampoco a tus hermanos, y que a tu hijo no lo mataste tú, lo mataron los smugglers. Dile a ese yenil que no haces nada contra tu familia, al contrario, has intentado darle mejor vida, aunque la posibilidad no esté en tus manos". El sueño de Jameelah se ha seguido repitiendo, pero ahora el yenil la absuelve en el primero y el segundo piso. Sin embargo en el tercero la condena, y ella sigue sin saber de qué la acusa. "La culpabilidad de las víctimas es un pozo sin fondo", me dice Jorge, el psicólogo.

 

 Laura Restrepo, en su reportaje Las Reinas de Saba, perteneciente a la serie Testigos del Olvido, reportajes de El País en colaboráción con Médicos Sin Fronteras.



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