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Derrotando al Dr. Oscuro

...like captured fireflies

 

 

Mi hijo de once años vino hace poco y con tono lastimero me preguntó: “¿Durante cuánto tiempo más voy a tener que ir al colegio?” .

“Unos quince años”, le dije.

“¡Oh Dios!” dijo, desanimado. “¿Tengo que ir?”

“Me temo que sí. Es terrible y no te voy a intentar decirte que no lo sea. Pero te puedo decir esto:  si tienes mucha suerte, quizá encuentres un profesor, y eso es algo maravilloso”.

“¿Tú encontraste alguno?”.

“Yo encontré tres”, dije.

Los adultos acostumbran a olvidar lo duro y aburrido y largo que era el colegio. El aprendizaje de memoria de todas las cosas básicas que uno debe saber es el esfuerzo más increíble e inacabable. Aprender a leer es probablemente lo más difícil y revolucionario que le ocurre al cerebro humano, y si no lo crees observa a un adulto analfabeto intentar hacerlo. El colegio no es fácil y no es muy divertido en su mayor parte, pero, si eres realmente afortunado, quizá encuentres un profesor. Tres profesores de verdad a lo largo de una vida es la mejor de las suertes. La primera fue una profesora de Ciencias y Matemáticas en el instituto, el segundo un profesor de Escritura Creativa en Stanford y el tercero fue mi amigo y socio, Ed Ricketts.

He llegado a pensar que un gran profesor es un gran artista y que hay tan pocos como grandes artistas. Incluso puede que sea la más grande de las Artes puesto que el medio es la mente y el ingenio humanos.

Mis tres profesores tenían lo siguiente en común: todos ellos amaban lo que hacían. No contaban: catalizaban un ardiente deseo de saber. Bajo su influencia, los horizontes se abrían y el miedo se disipaba y lo desconocido se convertía en asequible. Pero lo más importante de todo: la verdad, esa cosa tan peligrosa, devenía bella y bastante preciosa.

Hablaré sólo sobre mi primera profesora porque, además de otras cosas, ella aportó el descubrimiento.

Nos solía llevar a ruidosas y agitadas discusiones. Tenía la clase más ruidosa de todas y ni siquiera parecía darse cuenta. No podíamos nunca ceñirnos al tema: geometría o la recitación cantada de los tipos de Pila. Nuestra especulación abarcaba el mundo entero. Ella nos inspiró curiosidad para que aprendiéramos hechos y datos y los protegiéramos en nuestras manos como luciérnagas atrapadas.

Fue despedida, y quizá con razón, por su fracaso en enseñarnos lo fundamental. Tales cosas deben ser aprendidas. Pero nos dejó una pasión por el mundo conocible y, a mí, me prendió con una curiosidad que nunca me ha dejado. No era capaz de hacer operaciones simples, pero a través de ella sentía que lo abstracto de las matemáticas era como la música. Cuando la echaron, nos invadió la tristeza, pero la luz no desapareció. Dejó su firma sobre nosotros, la literatura del profesor que escribe sobre las mentes. He tenido muchos profesores que me contaban datos que pronto olvidaba, pero sólo tres que crearon en mí algo nuevo, una nueva actitud y un nuevo ansia. Supongo que soy en gran parte el manuscrito no firmado de aquella profesora de instituto. Qué poder tan inmortal yace en las manos de una persona así.

Puedo decirle a mi hijo, que mira con temor quince años de penoso trabajo que en algún lugar de esa polvorienta oscuridad puede ocurrir una magia que iluminará sus años... si tiene mucha suerte.

 

John Steinbeck (1955)

America and Americans

 

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