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Derrotando al Dr. Oscuro

DDO

Don Javier

- ¿Qué tiempo va a hacer? - me preguntó desde la ducha, subiendo la voz por encima del chorro de agua caliente.

- Espera que me asome.

 

Soleado. Otra vez. Maldita sea este eterno verano, esta temperatura tropical en pleno mes de noviembre. Habrá que coger una chaqueta, un jersey ligero, algo que se pueda quitar por capas cuando al mediodía apriete el sol y se llenen las terrazas de los bares, los columpios de los parques, los bancos de las avenidas... Cuando todo el mundo esté contento, sonriente y disfrutando de los veintipocos grados, algunos incluso en manga corta, y yo, en cambio, taciturno y malencarado, anhele una nube oscura, una ráfaga de viento helado, un vaho húmedo y espeso con cada respiración.

 

- Hace bueno - contesté y abrí en el el móvil la aplicación del tiempo. - Más o menos como ayer... Va a seguir así toda la semana.

 

Era un buen hombre, Don Javier. Así lo llamaron sus alumnos durante toda su carrera como profesor de instituto, incluso al final, en los años previos a la jubilación, cuando el uso del tuteo y el abandono de las fórmulas de cortesía para dirigirse a los profesores dominaban las relaciones en los institutos. A él no le importaba esa relajación de costumbres, nunca consideró, en realidad, que sus alumnos le debieran una formalidad, un "respeto", como lo llamaban tantos otros. Al fin y al cabo, los mismos que añoraban los "don" y "doña", los que suspiraban porque los chicos les recibieran de pie con un saludo unísono y cantarín, los que repetían que se habían perdido las buenas costumbres, eran esos mismos quienes, apenas eran tratados de usted, se ruborizaban y alegaban que no, que no eran tan mayores, que "no me hables a mí de usted que no tengo tantas canas". Don Javier, en cambio, se presentaba como Javier el primer día de clase. Pedía ser tratado con respeto y que no se le llamara la atención silbando ni chascando los dedos como a un perro. Daba ejemplo haciendo un esfuerzo por aprenderse los nombres de pila de todos su alumnos en la primera semana, excusándose cuando fallaba en alguno, explicando que consideraba importante poder referirse a cada cual por su nombre y que él esperaba lo mismo, que supieran nombrar a cada uno de sus profesores y profesoras sin recurrir a "el de Lengua" o "la de Mates". Pero en los alumnos pesaba la fuerza de la costumbre. Habían escuchado a sus hermanos mayores, a sus primos, algunos incluso a sus padres y madres hablar de "Don Javier" tantas veces que esa partícula formaba parte de su nombre para ellos. Donjavier, trisílabo. A Donjavier se le hablaba de usted, y era como un juego para ellos.

 

Don Javier, mi padre, era pequeño y flaco como un alfiler. Sus huesos azulados se le marcaban en su piel como de papel, con aquella pelusa fina que hacía las veces de vello, y los músculos, fibrosos y alargados, dibujaban su cuerpo de pájaro, más bien polluelo. Comía bien, no hacía más ejercicio que la caminata por la mañana y al mediodía de ida y vuelta al colegio y algún paseo ocasional, pero jamás consiguió engordar, ni siquiera cuando la doctora se lo aconsejó como medida de prevención para su salud. Quizá por eso, era extremadamente sensible al frío y andaba siempre vestido con gruesos abrigos, guantes, bufandas, sombreros de lana, botas... Sin embargo, el invierno era su estación favorita. Parecía como si su cuerpo enjuto funcionara mejor a baja temperatura y, cuando a los demás nos parecía que sus labios adquirían un peligroso tono morado, era precisamente cuando más energía mostraba. Uno de mis recuerdos de infancia, esos que permanecen en nuestra mente imprecisos, como en una nebulosa, de los que somos incapaces de precisar una fecha pero cuyas sensaciones son más intensas incluso que el presente, es caminar agarrado a su mano por la Gran Vía, o más bien ser arrastrado agarrado a sus guantes de lana forrados de terciopelo, envuelto en su grueso abrigo negro y en las coloridas bufandas que le gustaba llevar, apenas los ojos y la roja nariz asomando bajo el sombrero.

 

Aquel abrigo, aquellos guantes, aquel sombrero, hoy esperan en mi armario a que, de una vez, comience el invierno, caiga el frío sobre la ciudad, se hielen las aceras por la noche y amanezcan los setos cubiertos de escarcha. Yo, cada día, me asomo a la ventana maldiciendo el sol con mi pijama ligero, la taza de café templado, el edredón en el armario junto al abrigo, los guantes, el sombrero y las bufandas, esperando el día que pueda vestir como Don Javier, como mi padre, que ya no verá más inviernos ni me arrastrará jadeando por las heladas calles, ni me sonreirá tras su bufanda cuando me queje del frío y no me dirá: "Vamos, vamos, no te quejes... Abrígate un poco y verás como se te pasa".

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Recuerdo

Recuerdo...

El interminable, caluroso, pegajoso verano. La Casería en el campo, el olivar, la era, la piscina, los catorce primos juntos otra vez. Las mañanas remojado en el agua, observando paciente cómo la piel se acartona, cómo me convierto en garbanzo. El silencio de la siesta La bicicleta por la tarde y aquellos cuatro kilómetros hasta La Esperanza, donde comprábamos chuches; la fuente de Don Pedro con su sabor a hierro, a manantial, a cabra. La desafiante cuesta abajo a la vuelta, sin manos, guiando la bici con las rodillas, agarrando rápido el manillar si se oía gritar “¡Coche!”. El asfalto en mis rodillas, en mis codos, en mi cara. El miedo a otra caída, el miedo insensato que no evitaba que, todas las tardes, repitiéramos la experiencia. La llegada de mis abuelos al caer el sol, siempre anunciada por los ladridos de los perros, el viejo Renault azul oscuro subiendo la cuesta acompañado de los mastines vociferantes. Mi abuelo venía también por la mañana, con la compra y las tareas del día, luego iba a buscar a la abuela Baba y por la noche demoraba todo el rato que podía volverse al pueblo. Era feliz allí, rodeado de hijas, yernos, nietos y perros.

El corto, helado, fugaz invierno. La enorme casa en el pueblo, los escalones de madera que crujían como gritando, el suelo del desván cubierto de cebollas que para nosotros eran el mar rodeando nuestro barco pirata. El salón de verano en la planta baja donde leía aventuras en el frescor de la tarde. El almacén de juguetes en la planta de arriba, con todas las viejas muñecas de mi madre y sus hermanas durmiendo en baúles junto a disfraces de carnaval, caballitos de madera y el viejo y oxidado material médico. Las sábanas heladas, el escalofrío que sentía al estirar las piernas bajo las mantas, forzándome a aguantar hasta que mi cuerpo conseguía calentar la cama y me quedaba dormido esperando a los Reyes. El armario en el pasillo, una puerta camuflada en la pared, con el mismo papel pintado que el resto de la casa, y el secreto que mi abuela compartía conmigo: el escondite de la llave que daba acceso a los caramelos. La tostada con aceite, hecha en la chimenea, que desayunaba mi abuelo y yo al lado, orgulloso de ser el único de los catorce nietos que compartía su costumbre de levantarse temprano. Pasear con él por el pueblo y notar el respeto de los vecinos, ese trato afable y caluroso que daban a  Don José. El despacho cerrado de la planta baja, la única habitación cerrada con llave en la que sólo entré el día que enterramos a mi abuelo y, sentado junto al ataúd, le tocaba la cara esperando que despertase.

Un grillo en mi salón

De madrugada, yo en cama,
comienza un grillo su canción.
Cri, cri, cri, grita y repite,
Y pone fin a mi sopor.

Paciencia, pienso: ya se irá.
Estoy reventado, extenuado:
lo de hacer ejercicio
me tiene tan cansado

que no dudo un momento
en que vencerá el sueño
al chillido molesto
del grillo su concierto.

Es pertinaz, el bicho.
Canta alto, el bicho.
¿No está muy cerca el bicho?
¡Que alguien le quite el altavoz!

Una hora ya ha pasado
desde que, como un reloj,
cada segundo ha marcado
el cri-cri desvelador.

¡Maldito seas, insecto!
A cabezón no me ganas,
Me levanto a por agua
Y vuelvo raudo a la cama.

En el pasillo, se calla.
¡Qué paz! ¡A dormir!
Pero el pedazo canalla
en cuanto toco la almohada

retoma su llanto o reclamo
con el furor renovado
del amante despechado.
¡Pa’ mí que va mal follado!

Otra vez me levanto
en arameo jurando.
¡Cómo el bicho grita tanto,
cómo forma tal espanto!

Ni que estuviera escondido
en mi cocina o el baño,
o bajo el mueble metido,
ése tan grande y de antaño.

De puntillas me acerco
Y ahí lo encuentro tan pancho.
En un rincón apoyado
Al fresquito y tan ancho.

Con la escoba pongo fin
A la eterna serenata.
A esta hora no hay piedad
Para un bicho de seis patas.

Pero el insecto fantasma
Aún vaga por mi casa,
Y como última venganza
A las siete de la mañana

El despertador ha dicho
en claro homenaje al bicho:
¡CRI CRI CRI CRI CRI CRI!

Derrotando al Dr. Oscuro VIII

En cierta ocasión, el Dr. Oscuro creó una secta religiosa con la que lavar el cerebro a la mayor cantidad posible de gente y usarlos para dominar el mundo.

Afortunadamente, la nave espacial que debía llevarlos a Ganímedes Pi45 se presentó puntualmente y allí viven, comunicados con su verdadera esencia y en libertad y armonía. Así fue como, una vez más, derrotamos al Dr. Oscuro.

Jolene

En un episodio de "Padre Made in USA", Roger (el alienígena escondido en el ático con una mortadeliana habilidad para disfrazarse) necesita coger el coche pero está demasiado borracho para conducir. No hay problema, hay canciones que pueden ponerte sobrio en un instante.

La canción se llama "Jolene" y es interpretada por Dolly Parton. El siguiente vídeo muestra todo lo que Estados Unidos puede dar de sí (entiéndase esta última frase con el mayor respeto y admiración).

Ese parking de caravanas. Ese pelazo que no se movería ni un milímetro durante ese tornado. Esa chica alegre que acaba de llegar y va a destrozar la familia. Jolene, please don’t take my man, please don’t take him just because you can. Jolene, yo tuve tu edad, una vez. Mis tetas eran tan firmes y tiernas como las tuyas. Así los tenía, así. Pero ahora no, ahora tengo lo que tengo. A mi hombre. No me lo quites, niña. No te lo lleves, aunque sea solo porque te apiades de mí, por pena, por solidaridad con la mujer que serás dentro de 20 años. Jolene, Jolene, Jolene.

Derrotando al Dr. Oscuro VII

En cierta ocasión, el Dr. Oscuro decidió que, para desarrollar sus planes de conquista mundial, debía contratar a los más brillantes alumnos de las mejores universidades de Física, Matemáticas e Ingeniería.

 

Afortunadamente, nosotros habíamos desarrollado previamente un adictivo RPG online. Los muy frikis invirtieron todo el dinero del Dr. Oscuro en armaduras mágicas y amuletos de hechizos x5 para sus personajes. Así fue como, una vez más, derrotamos al Dr. Oscuro.

Derrotando al Dr. Oscuro VI

En cierta ocasión, el Dr. Oscuro contrató a cien sanguinarios y despiadados asesinos para utilizarlos en sus planes de dominación mundial. Se aseguró, además, de contratar a los menos inteligentes para asegurarse fácilmente su obediencia.

Por suerte, todos ellos tenían que pasar por el aeropuerto donde únicamente tuvimos que poner a un par de nuestros hombres a la salida de la recogida de equipajes sosteniendo en alto un cartelito que ponía "Dr. Oscuro". Vinieron como corderitos.

Así fue como, una vez más, derrotamos al Dr. Oscuro.

Dios tiene un plan maestro para cada uno de nosotros...

...y a mí me reservó un papel de figurante.

If I ever said a prayer

 

Lord, I’ve never lived where churches grow. I loved creation better as it stood that day you finished it so long ago and looked upon your work and called it good.

I know that others find you in the light that sifted down through tinted window panes and yet I seem to feel you near tonight in this dim, quiet starlight on the plains.

I thank you, Lord, that I’m placed so well, that you’ve made my freedom so complete, that I’m no slave to whistle, clock or bell nor weak eyed prisoner of Waller Street.

Just let me live my life as I’ve begun and give me work that’s open to the sky. Make me a partner of the wind and sun and I won’t ask a life that’s soft or high. Let me be easy on the man that’s down; let me be square and generous with all. I’m careless sometimes, Lord, when I’m in town, but never let them say I’m mean or small. Make me as big and open as the plains and honest as the horse between my knees; clean as a wind that blows behind the rains, free as the hawk that circles down the breeze.

Forgive me, Lord, if sometimes I forget: you know about the reasons that are hid. You understand the things that gall or fret. Well, you knew me better than my mother did! Just keep an eye on all that’s done or said and right me sometimes when I turn aside; and guide me on that long, dim trail ahead that stretched upward toward the great divide.

Oh, bury me not on the lone prairie  / These words came low and mournfully / From the pallid lips of a youth who lay / On his dying bed at the close of day / Oh, bury me not and his voice failed there / But we took no heed to his dying prayer / In a shallow grave just six by three / We buried him there on the lone prairie.

Jhonny Cash -- Oh Bury Me Not 

El día que llegó la diligencia

El día que llegó la diligencia, Angustias Sepúlveda se agarraba desconsolada a sus amigas, pidiendo entre sollozos a su padre que no la obligara a abandonar el pueblo, su familia y todo lo conocido para casarse con un hombre del que no había visto más que una fotografía pálida y difusa de tamaño carné, por favor Padre, no me obligue, no quiero casarme Padre, deje que me quede con usted y Madre y Juana, Padre por favor. El escándalo se evitó gracias a la mediación de Juana, la única que había visto al novio y que había dado su palabra a su amada hermana de que el varón no merecía tacha ni desprecio. Juana, agarrando a su hermana del brazo, se encerró con ella en la trastienda del negocio familiar dando orden de hacer esperar a la diligencia, y al cabo de media hora, salieron, ambas secándose las lágrimas y sujetándose la una a la otra por la cintura, ante la expectación en la plaza, donde se había congregado medio pueblo. Dirigiéndose al padre, Juana sentenció: ‘Se va, Padre, y yo con ella’. Aliviado, Don Ignacio Sepúlveda pagó al cochero la espera y montó a las dos hijas en la diligencia, prometiendo que en el próximo viaje mandaría el equipaje de la hermana, por quien, temiéndola ya solterona, se alegró más que por la prometida.

 

Juana conocía al novio, Esteban Fuentes, pues fue la encargada de, apenas un mes antes, acudir en nombre de la familia a los preparativos de la ceremonia, que se celebraría en la gran casona que los Fuentes tenían en Villanueva. Había acordado un código con su hermana, para que Angustias no tuviera que soportar la espera del correo, y cuando hablaron por teléfono, con el resto de ambas familias pegando el oído al auricular, tosió en el momento de pronunciar el nombre de Esteban, señal convenida de que el mozo era bien parecido y decente. ‘En gustándole a mi hermana’ razonaba Angustias en su verbo rústico, ‘me gustará a mí’. En verdad, en la fotografía que Esteban le había enviado con sus primeras cartas se adivinaba un hombre de hombros anchos y fuertes, con el bigote elegante y curvado a la moda, ojos oscuros y firmes aunque capaces de mostrar ternura y unos bucles en el pelo que recordaban a cierto político con más fama de mujeriego que de honesto y que enamoraba a las mujeres de los pueblos desde los carteles electorales. No obstante, los miedos de Angustias eran muchos, algunos razonables y otros productos de su fantasía infantil, pues aún era una adolescente cuando recibió las primeras cartas del enamorado. En sus pesadillas, Angustias veía a su esposo cojo, manco, jorobado, con cuerpo de cabra, pezuñas en vez de manos, lleno de eccemas, patizambo, enano, ciego, sordo y mil taras más que su madre le reía, sorprendida de la fantasía de la niña y preocupada por sus lecturas. La llegada de su hermana, que entre cuchicheos en el dormitorio, en la mesa o en la parroquia le describió a su futuro marido como más atractivo que cualquier hombre del pueblo, de carácter más noble y de mayores recursos económicos, despejaron sus miedos hasta que llegó la diligencia y ella se encontró por última vez como soltera frente a sus amigas y su familia.

 

Aunque entonces era frecuente casar a los hijos por asuntos económicos y de otros intereses más cercanos a la billetera que al corazón, el matrimonio de Angustias y Esteban fue producto del amor, sólo que éste no surgió entre los enamorados, sino que fue Don Alberto, futuro suegro de Angustias, quien quedó prendado de ella. Durante unas vacaciones junto a su mujer, Doña Inés, en el balneario que daba fama y dinero al pueblo de Angustias, Don Alberto se fijó en la joven, quedando impresionado de su belleza frágil, cintura estrecha y larga trenza, y decidió que no debía ser para otro más que para su primogénito Esteban. Presentándose a su futuro consuegro, le pidió permiso para que su hijo, que aunque holgazán y pendenciero como todos los jóvenes a su edad –‘¿Y quién no ha sido joven, compadre?’- tenía un futuro económico más que asegurado con la empresa familiar y daba muestras de estar sentando la cabeza, escribiera a Angustias, con la mejor de las intenciones. La franqueza de Don Alberto, su carísimo traje y sus maneras de noble entusiasmaron al señor Sepúlveda, que permitió la correspondencia e incluso prometió que su hija respondería encantada al interés del galán. Sólo cuando las cartas entre su hija y aquel desconocido se hicieron más frecuentes y Angustias se entusiasmaba más y más con ellas, quizá sin comprender lo que significaban, se dio cuenta de que había prometido a su hija con un completo desconocido que bien pudiera no tener donde caerse muerto, por lo que mandó a Juana con el encargo de preparar la boda y, de paso, informarse sobre los asuntos de la familia Fuentes. Así, el entusiasmo de Juana al volver contagió a padre e hija, que sólo volvieron a dudar cuando el cochero de la diligencia ya se impacientaba por la tardanza. El sacrificio de Juana, que consiguió que su hermana le rogara que la acompañara y se fuera a vivir con ella y su marido, salvó a los Sepúlveda del escándalo.

 

Esteban y Angustias se instalaron en Villanueva en la casa familiar, con Don Alberto y Doña Inés, que al poco de ser abuelos insistieron en ser llamados Padre Alberto y Madre Inés por el resto de la familia. Acomodaron a Juana en el dormitorio contiguo, de modo que las dos hermanas pudieron continuar su complicidad sin límites, pasar juntas los días, aprender a llevar la casa y criar a los hijos de Angustias. Tía Juana, como pronto fue llamada por todos los de la casa, se hizo pronto con las riendas de la cocina, la limpieza y la organización, mientras que Angustias se encargaba de los niños, que Juana apenas soportaba, contándoles las viejas historias con las que ella fantaseaba de pequeña. Esteban resultó un buen marido y Angustias pronto aprendió a quererlo, a apreciar su carácter, su cuerpo y el sexo. Las primeras veces Angustias palidecía de miedo con los embates de su marido, y no soportaba la vergüenza de pensar que, al otro lado de la pared, Juana los escuchara. Pero cuando Esteban calmó sus ansias de primerizo y aprendió a mimar y acariciar el cuerpo de su esposa, Angustias conoció el placer y, en ciertas ocasiones, incluso Esteban le rogaba que bajara la voz, sintiendo también la presencia de la hermana tras los muros. Antes de un año nació Inés, la primera de los diez hijos que parió Angustias, de los que siete sobrevivieron a los dos primeros años de edad. En las cartas que mandaba a sus padres, éstos a veces se sentían incapaces de seguir los nombres y edades de sus nietos, pues cuando un niño fallecía ponían su nombre al siguiente, e incluso repitieron nombres (dos hijos Alberto y dos niñas Inés, de tan amados que eran los abuelos), y además cada hijo, en su complicidad con la madre, tenía un apodo único aunque tan parecido al de sus hermanos que, salvo Angustias, ningún adulto podía separar. Esteban y Angustias tuvieron un hijo más, que no fue, sin embargo, parido por Angustias. Un día en que Angustias estaba revisando las sábanas de su dormitorio por si había que hacerlas cambiar, escuchó sollozar a su hermana en el cuarto de al lado. Al principio creyó que era uno de sus hijos, pues nunca había visto llorar a Juana, así que entró deprisa en el dormitorio para regañarle, pues tenían prohibido molestar a la Tía en su cuarto. Pero al abrir la puerta se encontró a su hermana, tendida sobre el colchón ahogando las lágrimas contra la almohada y, por un instante, no supo reaccionar. Luego se acordó de cómo la había consolado tantas veces ella y se acercó suavemente, le acarició la cabeza y con un susurro le cantó la nana con que Juana la dormía cuando era pequeña. Juana se echó sobre el regazo de su hermana, desconsolada, gimiendo ay hermana, ay hermana, qué va a ser de mí, hermana, hermanita, tengo tres faltas, tres faltas, ay qué vergüenza. Angustias no pudo contenerse, rompió a reír, intentó taparse la boca pero la carcajada la venció. Hermana, y yo que pensaba que no conocías varón. Juana no quiso dar el nombre del padre, que en cualquier caso no volvió a aparecer, y Angustias ideó un engaño para evitarle la vergüenza a su hermana, muy respetada en Villanueva y la más devota de la parroquia. Como, en cualquier caso, Juana apenas salía de casa para ir a misa y alguna compra esporádica y en las fiestas, decidieron que este año no saldría más que para ir a misa, y entonces iría vestida con ropa amplia y oscura que, de todas maneras, no desentonarían con su vestimenta habitual. Mientras tanto, Angustias fingiría un embarazo, colocándose durante algunos meses un cojín en la barriga que fueron llenando progresivamente de plumas de pato y harina. Como había estado embarazada prácticamente todo el tiempo desde que llegaron a Villanueva y había sufrido ya algún aborto, a nadie le extrañaría verla embarazada ni el nacimiento de un niño levantaría sospechas. Para evitar problemas, le confió a su marido sus planes, de modo que tuvieron bien cuidado durante los meses que duró el embarazo de Juana. Cuando nació el niño, que llamaron Ignacio como el abuelo materno, hasta Padre Alberto y Madre Inés lo recibieron como un nieto propio y nunca se supo en Villanueva del pecado de Juana. Ignacio no heredó de su madre ni la salud de hierro, ni el carácter decidido ni el corpachón de su madre. Resultó un niño tímido, retraído, que andaba siempre entre las faldas de Angustias –a quien creía su madre- y apenas era capaz de levantar la vista delante de los desconocidos. Los demás niños notaron que Juana perdonaba en él todos los defectos que les recriminaba a ellos, pero ninguno pudo sentir celos de él, y se turnaban para cuidarlo en sus innumerables enfermedades, caídas y accidentes. Juana, que en privado sí se lamentaba ante Angustias del carácter de su hijo, no sé a quién le ha salido este esmirriao, a ver si al final es de verdad hijo tuyo y no mío, temía que el niño no llegase ni a los cinco años de edad, y continuamente estaba pendiente de que no corriera, no se expusiera a corrientes, no saltara ni jugara ni sudara. Pero Ignacio cumplió los cinco años, y los siete, y los diez. En su décimo cumpleaños, los Fuentes dieron una fiesta para todos los niños del pueblo, compraron piñatas, caramelos e hicieron montar una pequeña noria en la plaza. Se mataron cinco lechones y una ternera para la parrillada, a la que asistió hasta el gobernador, y la tarta, se rumoreaba, iba a ser más grande que cualquier pastel de bodas visto en los alrededores. Juana y Angustias se levantaron antes que los gallos la mañana de la fiesta, mandaron recoger huevos, supervisaron la elaboración de los aperitivos y la colocación de las mesas, toda la mañana juntas, entre risas, fue el día que Angustias vio más feliz a su hermana y se sintió ella misma igualmente contenta. Faltando apenas una hora para el comienzo de la fiesta, se avisó en la cocina de que hacía falta más aceite, pero todos los criados estaban ocupados en una u otra tarea. ‘Ya voy yo, lo mío ya está hecho, ahora falta la guinda, y para eso tú tienes más gusto’ decidió Juana, y bajó a la despensa donde se guardaba el aceite, olvidándose, de pura felicidad, de llevarse una botella donde traerlo. Angustias, al pasar por la cocina, encontró la botella del aceite y rió pensando que jamás su hermana había olvidado un detalle como ese, cogió las botellas y bajó a la alacena, con Ignacio, como siempre, correteando entre sus piernas, casi me tiras, hijo, mira por donde vas.

 

En la despensa, apoyados contra las tinajas, Esteban y Juana se abrazaban, las faldas de ella subidas y los pantalones de él por el suelo, dándose placer como habían hecho desde que Juana acudió, un mes antes de la boda, a conocer a su cuñado y se enamoraron el uno del otro sin remedio. Angustias dejó caer las botellas, y el sonido del cristal alertó a los amantes, sorprendidos en pecado tras casi veinte años de amores secretos.

 

-         Fuera – fue lo único que dijo Angustias.

-         Angustias, hermana, escúchame – intentó Juana, pero nada en la mirada de Angustias invitaba al diálogo o a las explicaciones.

-         He dicho fuera. Vete de esta casa y no vuelvas. Nunca.

 

Juana buscó apoyo en Esteban, que miraba al suelo, sujetándose los pantalones con una mano, avergonzado pero seguro de no salir mal parado de la sorpresa. No miró a Juana, ni a Angustias, ni a su hijo Ignacio; se abrochó los pantalones, salió de la despensa, y lo único que acertó a pedir al salir fue que no arruinaran con un escándalo la fiesta. Juana, comprendiendo que perdía también a su amante, intentó salvar lo único que le quedaba:

 

-         Mi hijo…- dijo.

-         No es tu hijo –respondió seca Angustias-. Es hijo de mi marido, y con su padre se queda.

 

Juana abandonó Villanueva esa misma noche, en la misma diligencia que las había traído dieciocho años atrás. No volvió a casa de sus padres, sino que a mitad de camino se bajó, tomó un tren y se fue a la capital, donde encontró trabajo de gobernanta en una casa repleta de niños y falta de orden. Angustias no volvió a mencionar a su hermana delante de su esposo, y en el pueblo se dijo que Tía Juana había cumplido su promesa de ingresar en un convento cuando los niños estuvieran criados. La noche en que Juana abandonó la casa de los Fuentes, Angustias y Esteban hicieron el amor por última vez, con la misma pasión de sus primeros años de casados. Al día siguiente, Angustias se instaló en el dormitorio de Juana, advirtiendo secamente a su marido:

 

-         No volverás a tocarme, jamás. No lo intentes.

 

Pasaron cinco años antes de que Angustias volviera a saber de su hermana. La hija mayor de la casa donde estaba empleada la localizó tras no poco esfuerzo, y le mandó una carta haciéndole saber que Juana estaba muy enferma, que el médico no tenía esperanza y que lo único que podía recomendarle era dejar el aire viciado de la ciudad y volver al pueblo. Juana, decía la carta, siempre había contado que su hermana Angustias era lo único y lo más querido que tenía, de modo que le rogaba, por amor de Dios, que accediera a tenerla en casa, pues Juana insistía en que nunca la acogería y no quería molestarla, pero una señora como ella no podía tener tan grave pecado que no pudiera ser perdonado, y menos por una hermana, tenga Usted razón, señora, y acéptela de nuevo en casa. Juana hizo por tercera y última vez el viaje en diligencia y fue el propio Ignacio quien acudió a recoger sus maletas, hecho ya un hombre, sin rastro de las tantas enfermedades que padeció en su infancia. La instalaron en un dormitorio del piso de las criadas, pues Angustias opinó que allí era donde más y mejor aire entraba y que, por tanto, en ningún lugar podría estar mejor la enferma. Sus sobrinos apenas pudieron reconocer en aquella vieja marchita al general inflexible que recordaban de su infancia, de tantos surcos que habían dejado las lágrimas en sus mejillas. Esa noche, cuando Esteban entró en el comedor a la hora de la cena y vio a Juana sentada a la mesa, con las manos escondidas en el regazo, la mirada perdida irreconocible, el moño señalado de canas, observando fijamente un punto indefinido de la pared, sintió que su corazón se derrumbaba y recordaba de golpe las tantas acometidas en el desván, la despensa, el asiento de atrás del coche nuevo, la sacristía de la iglesia donde se casó con Angustias. Ésta, sin mirarle a los ojos, le puso la sopa por delante y se limitó a informarle:

 

-         He despedido a la cocinera. Con la Guerra, ya sabes, cada día da para menos, ya no nos lo podemos permitir. Así que a partir de ahora cocinaremos Inés y yo, y, hasta que aprendamos, habrá que aguantarse –dijo, señalando el mal aspecto de la olla.- Ah, y mi hermana está enferma, así que se viene a vivir con nosotros –añadió como si fuera un detalle sin importancia -. Mírala, pobrecilla. Ha perdido la cabeza, parece. Me temo que tenemos otra niña en casa.

 

Esa noche, Angustias lloró abrazada a su hermana, tendida en su cama, después de desvestirla, lavarla, ponerle el camisón y arroparla, mientras Juana le acariciaba el pelo y le cantaba la nana con que solía dormirla cuando eran pequeñas.

A solas frente a su ataúd

A solas frente a su ataúd

Recuerdo las bolsas hinchadas bajo sus párpados, los labios amoratados, mal cubiertos de carmín por el pulso tembloroso de Dolores, el cabello recogido en un moño adornando la fina cabeza, el mentón relajado y las mejillas pálidas. Recuerdo las manos sosegadas, cruzadas sobre el pecho, apretando contra él un rosario y una Biblia; el vestido largo, negro, ligeramente ceñido en la cintura,  marcando los prominentes huesos de su flaca cadera y el vientre levemente hinchado. Recuerdo el olor a lirios, a violetas y a jazmín, el crucifijo dorado, el lecho blanco de satén, las plañideras reunidas en un rincón, mirándome con los ojos anegados, lamentando mi truncado destino, mi prematura pobreza, mi desdicha. Recuerdo el silencio, denso y asfixiante y cómo lo rompía el estruendo de murmullos fuera de la sala, el llanto amargo de Dolores en la cocina, el continuo ir y venir de gente y más gente que me besaban la mejilla o la pellizcaban. Recuerdo también al Padre Francisco, su gesto solemne, la disputa que mantenía en voz baja con Gonzalo, cuidando de que no llegaran a mis oídos palabras como "entierro cristiano", "pecado" o "suicidio".

Mi madre murió ahogada en el estanque de Peñagrande, tres semanas después de haber enterrado a mi padre y a mi hermano. Se subió en una balsa agujereada, la deslizó dentro del lago y contempló con calma el hundimiento. Cuando las aguas devolvieron su cuerpo inundado, Dolores y Gonzalo, mis vecinos, se apresuraron a lamentar el accidente fatal, el terrible descuido de una mujer apenada, afanándose en acallar las voces que afirmaban lo que era cierto.

Mi padre se había llevado a mi hermano de caza al monte cinco semanas antes, yo agarré un berrinche tremendo por tener que quedarme con mi madre, demasiado pequeño para esa excursión. Escalaron el Pico del Cuervo, persiguieron liebres y ciervos en los bosques, acamparon en los refugios más cercanos a las nieves, se conocieron y aprendieron a respetarse como hombres el uno al otro. Al tercer día de marcha, siguiendo el rastro de sangre de un jabalí herido por los disparos de mi padre, mi hermano, fatigado, tropezó y cayó por un pequeño barranco. Rodó varios metros hasta quedar tendido en un saliente al borde de una caída mucho mayor que lo hubiera matado al instante. Tenía algunas costillas rotas, una pierna fracturada y sangraba por la cabeza, pero estaba consciente y hubiera sobrevivido de recibir ayuda temprana. Mi padre bajó enseguida a buscarlo, escalando con cuidado la pared para llegar hasta él, pero esa mañana había llovido, las rocas estaban cubiertas de resbaladizo musgo y a mi padre, nevioso, le dolían los gemidos de su hijo herido. Perdió el pie y cayó también, más hondo que mi hermano, quien oyó el golpe, la agonía sorda y nada más. Intentó moverse, pero sus piernas y brazos no respondieron. Murió horas después, desangrado, inmovilizado y con la garganta rota de gritar pidiendo ayuda. Los encontró Zaguero, el perro de Gonzalo, cuando ya mi madre se cansó de esperar su vuelta y pidió a su vecino que encontrara a su hijo y su marido. Cuando supo lo sucedido, aseguró que había oído al perro a lo lejos, desde su casa, y que al instante tuvo la certeza de que algo grave le había ocurrido a ambos. Tal cosa no era posible, hay entre el pueblo y el barranco más de quince kilómetros en línea recta, pero ella insistía en que había oído al perro. Desde ese día, los ladridos de Zaguero la despertaban todas las noches, pero cuando se asomaba a la ventana para mandarle callar lo veía dormido, tendido entre la leña o acurrucado en su caseta. Si cerraba los ojos volvía a escuchar sus desesperados ladridos, le oía corretear alrededor del cuerpo de su hijo, lamerle la cara, gemir y volver a ladrar llamando a su dueño.

El día que los enterramos mi madre ya no pudo llorar, no le quedaban fuerzas ni lágrimas. Tampoco pudo volver a dormir, y de día se movía casi deslizándose, suave y callada, respondía con inaudibles gemidos a las condolencias. Organizaba la casa con la misma rutina de siempre, poniendo todos los días cuatro platos en la mesa, que retiraba sin decir palabra cuando yo entraba en la cocina y ella notaba mi mirada apenada. Luego la oía sollozar lavando los pocos platos que ensuciábamos entre los dos. Dolores quiso animarla organizando reuniones de mujeres en nuestra casa para bordar juntas, pero en ellas mi madre bordaba en silencio una barca vacía en medio de un estanque.

El Padre Francisco admitió por fin que lo sucedido a mi madre había sido un triste accidente y accedió a enterrarla en terreno sagrado junto a su familia. Sin embargo, se negó a oficiar la ceremonia y hubieron de enviar del Obispado un cura joven que no conocía a mi madre ni a nadie en el pueblo, y que dio un sermón sin sentido sobre la muerte, la vida virtuosa, las decisiones inapelables del Señor y la resignación. Mientras, en la sacristía, el Padre Francisco se deshacía en lágrimas de duda, partido por el dolor reprimido todos esos días en los que se negaba a enterrar cristianamente a su más querida amiga. Fue el único que lloró ese día. Dolores y Gonzalo habían agotado también sus lágrimas, los demás habitantes del pueblo estaban aún sobrecogidos por la tragedia, y yo estaba presente en cuerpo, pero no en alma. Me había despedido la noche anterior de mi madre, cuando me dejaron unos minutos a solas frente a su ataúd abierto. Acerqué un taburete de los altos para poder verla mejor, observé por última vez sus finas facciones, la curva de sus pómulos, su frente alta, los músculos de su cuello abotargado, sus largas manos. Mi abuela solía contarle que ella había heredado los rasgos nobles de su abuelo, un conde que había embarazado a una de sus cocineras. En verdad parecía una extraña en el pueblo, tan finos y elegantes sus rasgos y movimientos, la apodaban por ellos la Marquesa. Ninguno de sus hijos heredamos su porte, en nosotros dominaban los genes de mi padre, justamente el hombre más rústico de todos los pretendientes que tuvo mi madre, de modales agrestes y acciones rápidas y sencillas, la viva imagen de un leñador rural, peludo, moreno, de anchos hombros y brazos como ramas de árbol. Pensaba en el cuerpo de mi padre mientras miraba el de mi madre tendida en el cajón. Era el primer cadáver que veía; cuando Zaguero olió su rastro, mi padre y hermano llevaban varios días en el fondo del barranco y la descomposición ya había comenzado, de modo que fue necesario cubrir sus féretros para tapar el mal olor. Quizá por eso evocaba el aspecto de mi padre delante de la madre fallecida, por no haber podido verlo una vez más. En todo esto pensaba, a solas con el cadáver, escarbando en mis sentimientos, casi tratando de forzar la pena y el llanto, sin encontrarlos. Sólo hallaba desconcierto, extrañeza, incomprensión, pero no me llegaban las lágrimas que, pensaba, eran obligación de hijo. Me preguntaba, en cambio, cómo sería palpar su piel. Había oído hablar de la palidez y la frialdad de los cadáveres. La palidez estaba presente a pesar del maquillaje de Dolores, pero no podía notar la frialdad sin tocarla. Extendí la mano lentamente hasta que rocé las suyas. Un escalofrío recorrió mi brazo hasta el codo, retiré la mano rápidamente y miré asustado la cara de mi madre, como hacía cuando me cogían en una travesura y esperaba el castigo. Acerqué de nuevo la mano, esta vez más firme, hacia su rostro. Deposité suavemente la palma sobre su boca y nariz, sentí su fría inmovilidad en las yemas de los dedos, recorrí poco a poco toda la cara, repasando suavemente su barbilla, sus labios, su nariz pequeña y afilada, noté las pupilas bajo la piel de sus párpados, acaricié su frente y su pelo. Reconocí su piel suave, ligeramente agrietada por la vida campestre, las fibras de su pelo castaño, la rigidez en sus labios que la caracterizaba aún viva. Me incliné sobre su frente y le di un beso como hacía cuando estaba enferma en la cama, le limpié como pude los surcos que sobre su maquillaje dejaron mis dedos y me alejé de ella, despidiéndola para siempre. Al día siguiente, durante el funeral, sentía su gelidez en mis labios, como la sentí ininterrumpidamente los cuatro días que tardé en abandonar el pueblo.

El cortejo desde la Iglesia hasta el cementerio fue más duro que la ceremonia. La figura del arcángel San Miguel dominando el valle hasta el mar a lo lejos, blandiendo su espada de mármol encaramado a las destartaladas piedras de la antigua capilla y que había presidido mis pesadillas durante años, me hacía mucho más vivo el recuerdo de mi madre apretándome la mano para inspirarme valor cuando hicimos juntos el mismo recorrido en el entierro de mi padre y mi hermano. Apiadándose de mi desgracia, el Obispado había cedido un panteón donde recolocamos los restos de mi padre junto a los de mi madre, al lado mi hermano y en el otro extremo una urna vacía que miré con la aprensión de quien se encuentra frente a su propia tumba. El Padre Francisco se animó finalmente a decir unas palabras que luego supe iban dirigidas hacia mí, a quien todos creían aturdido de dolor, tan ausente la mirada, tan perdido el rostro inexpresivo en la memoria de mis familiares. En realidad, yo me concentraba en la sequedad helada que permanecía en mis labios, consumido por la culpa y la insoportable duda de si un buen hijo hubiera explorado como hice yo el rostro de la madre muerta, de si había atentado contra su reposo con mi aparente indiferencia.

No supe hasta años después la verdadera razón por la que había querido tocar su piel. Quería asegurarme de que no la enterraban viva, que no despertaría para encontrarse en un ataúd cerrado bajo una losa de mármol. Si mi madre aún  vivía, daría un respingo al sentir mi mano caliente, despertando súbitamente de su catalepsia, y yo la habría salvado y ella estaría viva. Lo comprendí el día en que, aún avergonzado a pesar de los años transcurridos, conté por primera vez lo que había hecho en los minutos que pasé a solas con el cadáver de mi madre. Se lo conté a Dolores cuando volví a verla quince años después en el funeral de Gonzalo, y al hacerlo me reconcilié con la memoria de mi madre, ante cuya tumba lloré esa tarde todas las lágrimas que no pude darle a solas frente a su ataúd.

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Revolução

Sería bonito. Una Revolución al estilo de la del 25 de abril, poniendo claveles en los cajeros (a falta de fusiles).

 

 

Derrotando al Dr. Oscuro V

En cierta ocasión, el Dr. Oscuro utilizó sus contactos políticos para conseguir que “Ciencias Oscuras” fuera una asignatura obligatoria en nuestro sistema educativo y, además, que fuera impartida por él mismo.

 

Por suerte, los alumnos del IES que sirvió de centro piloto para la experiencia tenían tal disposición hacia la asignatura que el Dr. Oscuro hubo de cogerse una baja por depresión a principios de noviembre. Así fue como, una vez más, derrotamos al Dr. Oscuro.

Yo nací en el mar

“Yo nací en el mar, ¿sabe?” y la voz que tiembla, titubea, los labios quedan momentáneamente entreabiertos dejando escapar un hedor sinuoso, atávico, que se palpa y se ve; el ojo se empapa, las aletas de la nariz se hinchan sonoramente al respirar y resaltan los feos manojos de canas rizadas que, antes de entrar en el hospital, cortaba cada mañana y ahora crecen como mala hierba.

Un leve apretón de manos basta para darle calma, traerlo de vuelta de sus recuerdos cargados de detalles inútiles –las flores de un vestido, el tacto de la madera mojada, la expresión del capitán el día que por poco no chocaron contra un submarino, la matrícula de éste–, trivialidades que emborronan lo que no debiera perderse nunca –un nombre, un lugar, el año, una persona entera–. Se recupera, irguiéndose un poco en la cama, se alisa el cabello de los laterales de la cabeza, abrocha bien el pijama. Ella es una chica muy guapa y él se siente aún seductor.

De todas las tareas que desempeñaba en el hospital, la que mejor se le daba era para la que menos la habían preparado y la que, aún después de tantos años, más miedo le daba. Un miedo impuro, del que se avergonzaba, pánico de supervivencia se justificaba a veces, asco se confesaba; miedo, en fin, a contagiarse la muerte. Sin embargo, los enfermos –especialmente los ancianos– reconocían casi inmediatamente esa cualidad suya: reconfortar, ayudar a aceptar la cercanía del fin. Mariana no creía en lo sobrenatural, ni en la existencia de más allás o fuerzas extrañas en la naturaleza, pero (sólo ante ella misma, encerrada llorando en el cuarto de las sábanas) se reconocía intimidada por esa propensión de los moribundos a buscarla con la mirada o la mano extendida, a veces llamándola por el nombre que habían visto en la chapita metálica de la solapa –así que no se equivocaban, no la tomaban por otra, por una madre, mujer, hermana o amante–, y dedicarle a ella, obviando a los familiares presentes, las últimas palabras, la última mirada, el último calor de su piel.

Santiago lo había hecho nada más entrar por la puerta de Urgencias. Ella, recién terminado su turno, esperaba fuera fumando que la vinieran a recoger, a él lo trajo una ambulancia desde un geriátrico de mala fama y peor nombre. Aunque aún con vida, Santiago era más cadáver que persona: la cabeza ladeada en la silla, la lengua fuera, como un colgajo, hinchada, el jadeo angustioso, los pantalones de pana gris empapados en heces y orín. Al pasar junto a ella, de repente, reaccionó, la identificó entre el resto de médicos aun vestida de calle, y rozándole la mano susurró: “Niña”.

Mariana se alegró de terminar el turno justo entonces, de no estar dentro. Se llevaron a Santiago corriendo, no tanto con la esperanza de salvarlo sino queriendo evitar a los pacientes ordinarios (una mano rota, una leve angustia en el pecho, un bebé que no para de llorar) el morbo de una muerte en directo. “No lo veré morir” pensó, aliviada. Se equivocó. La tarde siguiente, tras recibir las instrucciones de su superiora, la primera habitación que visitó Mariana estaba ocupada por Santiago quien, ya limpio y con el pijama del hospital, respiraba conectado a un tubo y meaba constantemente conectado a otro. “Niña”, susurró al verla entrar. Ella sonrió, comprobó el suero, le ajustó las sábanas. Él aferró su mano, asustándola, y le dijo: “Yo nací en el mar, ¿sabe?” y la lluvia de recuerdos en sus ojos la enterneció, se sentó en el borde de la cama, le acarició la cabeza y respondió: “¿Ah, sí?”

“Sí, fue un nacimiento hermoso” balbuceó Santiago a través de la mascarilla. “Mis padres se conocieron en un barco,” contó, “de pesca no, de los otros. Mi padre era... marinero, en un buque. De pasajeros, ¿sabe?”. Mariana asintió, acariciándole el brazo. Hablaba a trompicones, parándose antes de cada sustantivo, rastreando la palabra adecuada. “Se enamoraron allí, casi pierde el trabajo. Porque no les dejaban, ¿sabe?, ligar con las pasajeras, no, eso no... Para que no... Ya me entiende, ¿verdad?”. “Claro” dijo ella, sonriente, reconociendo en sus ojos el brillo de la muerte acechante. Santiago continuaba hablando, contando el amor secreto de la joven y hermosa pasajera y el joven brigada, o cabo, o fregantín. “Pero al final el propio capitán les casó, allí, en el mismo barco. Ya en tierra, ¿eh?, meses después. Esto hace ya... mucho tiempo, no crea... usted no habría nacido aún, no, tú no. Pero se casaron, y se fueron de viaje de novios en un crucero, claro. Lo que pasa es que tuvieron que esperar, ¿sabe?, porque mi padre trabajaba, en un barco, y se fue... lejos, de viaje. Me contaba mi padre a mí, y yo le decía ¿dónde, papá, dónde?... me decía... he visto a los chinos, decía, a los negros, he estado aquí, allí.... buuuu.... en todos sitios. Pero antes de irse,” añadió, dando un pequeño salto en la cama y señalándose, “dejó preñada, a mi madre, claro, de mí. Y, cuando volvió, se fueron de crucero. Que mis abuelos siempre decían, ¿sabe?, cuando lo contaban, pues decían, qué locura, porque ella, con la barriga, y ellos que no, que daba tiempo, que aún faltaba. Pero yo me adelanté, ¿sabe?. Fui de esos que vienen antes, que no tardan los meses, sino... menos, meses también, pero menos”. “Sietemesino” le ayudó ella, no por lástima ni piedad ni impaciencia, sino porque sintió que si no le interrumpía, se ahogaba. “Respire tranquilo”, le susurró, y esperó a que Santiago normalizara, a grandes bocanadas, su respiración. “Eso. Mesino. Que vine antes, y, claro, mi madre en el barco, que empieza a ponerse mala, de parto, y acababan de salir del puerto, una hora antes, menos. Se veía, al fondo, aún, el puerto, pero no daba tiempo a volver, no, el barco no... porque es grande, y girar, atracar... Es lento, ¿sabe?. Pero echaron la barca, un bote, y con eso, remando. El médico que no, que en el barco. Y mi padre, que era marinero, ¿sabe?, pues que daba tiempo, y que si pasaba algo, que al puerto, y mi madre también, al puerto. Y en la barca nací yo”, terminó, tosiendo al tratar de reír, sonriente. “Imagine: mi padre, mi madre, el médico, el capitán, y dos remeros y el médico que no, que no llegábamos. Pero mi padre sí, mi padre... se le metía una cosa a mi padre y era... había que. En el mar, nací”. Respiró hondo, miró con ternura a Mariana y apoyó de nuevo la cabeza en la almohada, más tranquilo. “Fue bonito, nacer allí. Decía mi padrino, el capitán, que yo lo primero que vi fue el mar como cielo y el cielo en el mar, que por eso yo era del mar... No tengo país yo. Porque eran... que no era de nadie, aquello, aquello era mar, ni pa ti ni pa mí. Luego mintieron, pusieron que no, que de aquí, de España, de Alicante, dicen los papeles. Pero yo... no, yo no. Yo nací en el mar.”

Santiago vivió aún un par de días más. Dio tiempo a que llegara su nieto, o sobrino, Mariana no supo bien qué parentesco había, el nieto o sobrino no decía nunca “abuelo”, o “tío”, sólo “el viejo”. “Me ha contado su historia, la de cómo nació” le dijo Mariana, sin saber bien por qué. “Es bonita”, se justificó. “¿Qué historia?”, respondió él, de medio lado, como desentendiéndose de las tonterías que pudiera haber contado el viejo. “La del mar. Que nació en una barca, en el mar”. “¿En el mar?” rió el otro, “¡qué va! Si el viejo es de Albacete, ¡éste no vio el mar más que en la tele!”, y acompañó su risa del gesto grotesco de llevarse el dedo a la sien y hacerlo girar, señalando la senilidad de Santiago. Pero Mariana pensó que se equivocaba. Quizá no era nieto o sobrino carnal, sólo político, no sabría la verdad. Porque Santiago, los días que estuvo en el hospital, no dejó de balbucear canciones marineras, nombrar todos los peces que se pueden pescar e incluso habló, con detalle, de la vez que su padre vio una sirena en alta mar, y, tras dejarla embarazada, nació él en una roca, en medio del mar.

Derrotando al Dr. Oscuro IV

En cierta ocasión, el Dr. Oscuro reclutó un ejército de videntes, psíquicos y pitonisos con los que atraer a los malos espíritus sobre el mundo y ponerlo bajo su control.

 

Afortunadamente, los videntes adivinaron su derrota final, de modo que cancelaron los planes y la invasión. Así fue como, una vez más, derrotamos al Dr. Oscuro.

Mátame a mí

I

La conoció en el bar del hotel, en una noche de auto-homenaje por sus tantos éxitos, y no pudo parar de pensar en la acumulación de lugares comunes que juntaban entre los dos. Él era un exitoso ejecutivo de una multinacional en viaje de negocios, casado, hombre de familia, adinerado, solo, con la corbata asomando del bolsillo de la chaqueta y el cuello de la camisa desabrochado, tomando un bourbon con hielo en su última noche en la ciudad. Ella elegante y sofisticada, con un punto misterioso, seductora, envuelta en un vestido rojo a juego con el terciopelo de los taburetes, el carmín de sus labios, el líquido de su copa y los zapatos de tacón, descalzados y colgando graciosamente de la punta de sus pies. Frases ingeniosas, insinuaciones ocultas y pausas para el cigarrillo. Decidió completar el cuadro con las frases apropiadas:

- Dime, ¿a qué te dedicas?
- Todos nos dedicamos a lo mismo, en este hotel, ¿no es así? – respondió ella, señalando con la cabeza los maletines de cuero acolchados que ambos tenían apoyados en los taburetes vecinos.

Mujer de negocios, pensó, sola, cansada de viajar, se promete cada semestre que, en cuanto reúna el suficiente dinero, dejará la consultoría y se dedicará a su verdadera vocación.

- Sí, en todos los hoteles. Estamos por todas partes, somos una maldición. La octava plaga que Dios envía a los que tienen prisionero a su pueblo – el chiste era de un empleado, uno de los mejores, uno de los que sacrificaba su vocación por más dinero -. ¿No sería fantástico encontrarse en algún hotel con otras profesiones, conocer, no sé, abogados, médicos de congreso, catedráticos?
- Políticos, actores… - continuó ella.
- Espías.
- Asesinos – y los dos se sonrieron con la ocurrencia.

Le gustaba el aire travieso con el que ella jugaba, los guiños de inocente provocación que colaba en la conversación, acercándose lo suficiente para que él pudiera adivinarla para seguidamente envolverse en secretos y mentiras no menos inocentes con que desconcertarlo.

- ¿En qué tipo de hoteles se hospedarán los asesinos? –dijo él-. En éste no, está claro… - añadió señalando el adefesio de terciopelo que recorría el borde de la barra.
- Quién sabe…- contestó ella, jugueteando con sus uñas rojo #432 y el dorso de la mano de él -. A lo mejor a los asesinos también le pagan el hotel sus clientes, que tendrán el mismo pésimo gusto de todos los clientes.
- Cierto, casi puedo imaginarlos -continuó él, queriendo seguir su juego-. Se inscriben con un absurdo nombre falso, despliegan sus dossiers en la colcha de la cama mientras se dan una ducha rápida, guardan la mira telescópica en la caja fuerte de la habitación y las balas en la mesilla de noche y salen a buscar a su objetivo –él mismo rió su ocurrencia, imaginó un despiadado asesino de cicatriz en la cara e implacable sangre fría, llevando el albornoz blanco con el anagrama de la cadena hotelera, usando el abrillantador de zapatos junto al ascensor, camuflado de anodino entre anodinos.
- Eso hacemos. Porque, de hecho –añadió ella sonriéndose-, yo misma soy una asesina. De las buenas, y muy cara. Pero, como te he dicho, mi cliente tenía un pésimo gusto.
- ¿Tenía? –preguntó con una carcajada- ¿Lo has liquidado?
- Oh, no, yo no... Un colega –apuró el vaso despreocupadamente, divertida, e indicó al barman (pues los hoteles para hombres y mujeres de negocios despiadados no tienen camareros sino barmen con chaleco y pajarita) que llenase ambos otra vez. Era su tercer Cosmo y se sentía relajada, caprichosa-. Hace un rato me llamó su amante, ya sabes, la cómplice. Se ve que se han adelantado... Un caso típico: matrimonio millonario sin hijos pero con amantes, en trámite de divorcio. Los papeles no están firmados, así que en caso de fallecimiento, la herencia es completa para el cónyuge. Ambos contratan un asesino para matar al otro, el más rápido gana. Mi cliente –brindó ella- ha perdido.
- Típico de los clientes –fingió enfadarse él-. Ahora, claro, no pagará...
- Oh, no, querido –interrumpió ella-, no hay peligro: se cobra por adelantado. Más aún en casos como estos.
- Ah. Enhorabuena, entonces. Máximo beneficio con mínimo esfuerzo, un negocio estupendo –dijo él-. Brindo por eso.

Brindaron, por los buenos negocios, por el beneficio, por el trabajo bien hecho, y, después de llenar las copas por cuarto vez, de nuevo por el beneficio y, por supuesto, el éxito. Con el quinto bourbon la chaqueta de él estaba arrugada sobre el maletín en el taburete y los zapatos de ella perdidos bajo la barra.

- Dime, y ahora que tu cliente ha... –preguntó él-, ¿cuál es tu próximo trabajo? ¿Más líos familiares, un marido traicionado, pasión y dinero?
- No, no más maridos, no más mujeres, de momento... Son los casos más peligrosos, ¿sabías? Otros encargos son más seguros para el ejecutor. Es la palabra que usamos –explicó ella-, en la jerga. Ya sabes, los colegas.
- Ejecutor. Me gusta. ¿Lo ponéis en las tarjetas?
- Los políticos, por ejemplo –le ignoró ella-. Tienen tantos chanchullos que su muerte no se investiga demasiado, hay mucho que tapar. Pero los líos de faldas siempre traen problemas, son los más complicados.
- Claro... –dijo él, algo cansado ya del juego, pero manteniendo visible el interés.
- En cualquier caso –terminó ella, estirándose levemente-, en estos instantes estoy de vacaciones. En paro, más bien –se corrigió-. Nada a la vista.
- Vaya, lo lamento. ¿No marcha bien el negocio de la ejecución?
- Oh, sí. Acabo de cobrar, ya sabes, estoy cubierta para unos meses. Pero no es bueno estancarse. Podrías... –empezó ella, pero pareció interrumpirse.
- ¿Sí? ¿Qué ibas a decir?

Le miró un instante a los ojos, buscando un brillo, una sombra, un abismo.

- Podrías... contratarme tú.
- ¿Yo? –rió el-. ¿Y a quién querría yo mandar asesinar?
- Ejecutar –corrigió ella.- A tu socio, por ejemplo. Seguro que tienes un socio de quien ya no puedes fiarte. Te engaña con las cuentas, pierde clientes importantes, quizá esté pensando montar su propia empresa, volar solo. Todos los ejecutivos tenéis socios así.
- No, Fernando no...
- Oh, seguro que no. A tu esposa entonces. Aunque, ya te he dicho, preferiría que no fuera otro asunto sentimental. Tantos años de casados, habéis perdido la pasión. La dejarías y te irías con tu amante, pero ella se quedaría con la mitad de todo lo tuyo, claro. Además, le dejarías el terreno libre para hacer lo propio con su amante. Que, por supuesto, es tu propio socio –dijo ella, y se le iluminó la sonrisa-. Puedo hacerte una oferta: el segundo te sale por la mitad de precio.
- ¿Bromeas? –rió él otra vez, aunque algo incómodo ya-. Marisa tiene un amante, sí, quizá alguno más... Pero no la mataría por eso. Yo –y procuró que sus palabras tuvieran el tono más incitante posible-, yo también peco algunas noches, tantas noches en lujosos hoteles lejos de casa...
- ¿Tus hijos? – interrumpió ella sin prestar atención a sus insinuaciones –. No dan palo al agua, viven de tu esfuerzo, te has matado por ellos y lo único que hacen es darse a la buena vida, los ingratos, nadie quiere tomar el testigo. O a tu futuro yerno. Ese cabrón, que se acuesta con tu hija en tu misma casa, que se le iluminan los ojos pensando en el negocio que hará casándose con ella, que, tú lo sabes, no va a hacerla feliz, no la merece.
- Mira, por ahí quizá sí. El muy cabrón, ja ja…
- Bueno, pues ya sabes. Profesionalidad y eficacia. Por supuesto, discreción garantizada –prometió ella, y en su mirada divertida él adivinó un interés creciente en averiguar hasta donde querría continuar él con el juego.
- Y, dime, ¿cuánto costaría un asesin... una ejecución?
- Depende, por supuesto. Cualquier matón de la calle te lo haría por cuatro perras. Pero te pillarían, si es muy chapucero, y lo será. Un buen profesional –y dijo esto señalándose a sí misma- cobra no menos de seis cifras.
- ¡¡Seis cifras!! Algo caro, ¿no?
- ¿Qué esperabas? –replicó ella-.
- No sé... cuatro cifras, ¿quizás? Ya sé que es una profesión de riesgo, pero....
- No es sólo que sea arriesgado –interrumpió ella-. Es complicado, y conlleva mucha preparación, si se hace bien. Hay que estudiar a la víctima, preparar el “accidente”, prever escapes, imprevistos... Además, piensa que los asesinos también pagan hipotecas. Tienen responsabilidades, ya sabes, hijos, marido...
- ¿Estás casada?- preguntó él.

Ella se sonrió, esperaba la pregunta hacía un rato. Dejó el vaso medio vació sobre la barra, bajó del taburete y pegó su cuerpo al de él, acercando sus labios carmín a pocos centímetros de los suyos. Mantuvo un instante esa distancia, y le susurró:

- ¿Acaso importa?




II

La mañana siguiente, él despertó con su pelo en la cara, aspiró el dulce perfume y se retiró un poco para observarla. Compartía la afición de muchos hombres de retirar levemente las sábanas para contemplar el cuerpo de su amante, y se alegró de que ella pareciera tener el sueño profundo y él pudiera aprenderse sus curvas, pliegues y lunares. Volvió a arroparla cuidadosamente y se tendió, boca arriba, a esperar el sonido del despertador, que debía devolverlo a la intranquilidad propia de su trabajo. Quería repasar mentalmente las próximas operaciones, la presentación que esa misma tarde haría ante varios consejos de administración para explicarles por qué su compañía necesitaba su producto y el terrible error estratégico que sería convertirse en los únicos del sector en no implantar su solución vertical, su panacea, su tónico reconstituyente milagroso. Pero en su mente todavía rondaban las medias sonrisas, las miradas e insinuaciones que la mujer recostada junto a él le había dedicado unas horas antes. “Una asesina, qué graciosa. Matar a mi socio, a Fernando. De buena gana me libraba yo de él, claro que ya no nos fiamos el uno del otro, que mantenemos una pelea casi tribal por el control de la empresa, lo que nos afecta, vaya que nos afecta, no hay más que mirar el último balance. Pero, él lo sabe y yo también, iríamos a la quiebra sin él. El programa es suyo, tiene la patente, es él el genio informático. Sin mí no lo habría vendido ni a la tienda de la esquina, pero sin él… Sin él no hay empresa. Yo soy sustituible, pero él no. Además, no sería justo. Fernando y yo somos amigos, después de todo. Hace tiempo que no nos vemos más que en las juntas de accionistas, cierto, pero siempre seremos dos amigos que montaron una empresa juntos. No es que sea feliz en mi trabajo, ni con la empresa, pero me hace ser un hombre muy rico, y eso mantiene a mi familia unida.”

Tendido sobre las sábanas, nervioso, pensaba en su familia. Había conocido a su esposa poco después de hacerse rico. Fue una de sus primeras empleadas, cuando decidieron trasladarse del viejo apartamento en que empezó a funcionar la empresa y se instalaron en unas lujosas oficinas en un céntrico rascacielos. La contrataron como recepcionista, pero muy pronto se convirtió en su secretaria personal, y aún antes en su amante. Por ella dejó a su primera esposa, por ella se mudó a una casa más grande, con piscina y jacuzzi, dormitorios señoriales, salones para cada estación del año y cuartos de baño de diseño, en la urbanización de más renombre de la ciudad. De su primera esposa nada sabía ahora. Con ella sufrió los primeros años en que casi no tenían con qué pagar la hipoteca y trabajaban de sol a sol para encontrarse de noche, agotados, en la cama, donde poco a poco se les agrió la pasión. Tampoco le duró mucho esa pasión con la segunda, apenas los tres o cuatro primeros años. Luego, se dijo, ya se sabe, tanto tiempo fuera de casa… Ella se buscó un amante y él, cuando lo supo, calló, por sus hijos. Claro que también fue infiel desde entonces, tanto como pudo, pero en casa quiso seguir siendo un padre para mis hijos. “Claro que Susana es su madre”, pensó, “la adoran, han crecido con ella, ha sido ella quien les ha ayudado con los deberes, quien les ha llevado de compras, quien ha ejercido en casa, yo prácticamente he vivido en el trabajo. Quieren a su madre más que a su padre, y es natural. Nunca lo dirían, pero sin duda preferirían que faltara yo a quedarse sin ella. Malditos desagradecidos,” murmuró. Elena, la mayor, hacía tiempo que ni siquiera hablaba con su padre. Primero fue el modo en que vestía, luego con quién salía, más tarde sus ideas políticas, las discusiones en casa, los gritos, los reproches acumulados durante años, alimentados por su madre, el odio de una generación a un modelo de entender el mundo. El niño, en cambio, había sido siempre más modoso, menos respondón, tuvo todo lo que quiso y nunca se quejó. Admiraba a su padre, casi le imitaba en todo lo que hacía. Pero, no se engañaba, no era muy listo. En unos años terminaría los estudios, si es que era capaz, y no tenía duda de que habría que emplearlo en la oficina. Darle algún cargo, algo importante, no obstante era su hijo, quizá con no demasiada influencia, algo que no arrastrara a la empresa en su caída. En cualquier caso, los demás empleados lo verían con malos ojos, se sentirían, no sin razón, discriminados, usurpado su ascenso por un joven patán, un hijo de papá recién salido de la facultad sin ninguna idea de la vida real.

- Buenos días - susurró una voz a su lado.
- Buenos días, querida –respondió, arrepintiéndose enseguida de ése querida, que a ella le pareció extraño, pero al que no dio importancia.
- ¿Qué hora es? –preguntó ella al tiempo que se cruzaba sobre él para girar el despertador. El roce casual con sus senos le sacó de las preocupaciones familiares, devolviéndolo a las sábanas que había compartido con aquella silueta tan incitante –Oh, mierda, qué tarde…

Se incorporó sobre la cama y él pudo apreciar de nuevo sus caderas y sus nalgas, y la observó caminar sin vergüenza hacia el baño. Le pareció tan sensual como le había parecido con el vestido rojo y las piernas cruzadas en el bar. Qué mujer, se dijo, atractiva, decidida, ingeniosa. Muy inteligente, además. Había visto, en su whisky, en su corbata, en las ojeras, todas sus miserias, le había desnudado antes de desvestirlo, había adivinado sus flaquezas: su socio, su mujer, sus hijos. ¿Eran todos así, era él como todos los hombres?

- Lidia –la llamó desde la cama, y esperó a que ella se asomara, el albornoz blanco con anagrama bordado a medio abrochar-. Lo de ayer…
- ¿Sí? –preguntó ella sin perder la sonrisa.
- Mátame a mí.

Ella le miró un instante, dubitativa, como si hubiese olvidado el juego de la noche anterior y no terminase de entender el comentario. Sin decir palabra, se dirigió hasta el tocador situado enfrente de la cama y, de espaldas a su amante, extrajo un revólver del bolso, comprobó que el cargador estaba vació y se giró lentamente hacia la cama. Levantó el arma extendiendo firmemente los brazos y apuntó entre las cejas, buscando una duda, un temor, y al no verlos susurró suavemente: “Pum”.

La ciudad cambiante

Sentado a la mesa del desayuno, Adrián extiende la mantequilla sobre el pan y mancha de mermelada el borde de la chaqueta de lino blanco. Elisa alarga la línea de sus párpados con lápiz negro francés frente al espejo del cuarto de baño y no le oye exclamar, apagada la voz por el sonido de la radio. Bajo la ventana, Esteban esquiva a José Ángel tendido en la acera, baja la mirada y pretende ignorar que le pide una moneda. Cruza la calle esquivando el tráfico denso de la mañana y entra en el bar de Antonio, que se queja en voz alta del desafortunado nombre que su hermana Raquel ha elegido para su sobrino recién nacido, provocando las protestas de su tocayo Mariano. Heike entra desorientada y pregunta una dirección; sus caderas al aire crean un silencio admirativo de los hombres del local y ella, incómoda, estira su camiseta tratando de ocultar lo que quiere enseñar. Sólo Jesús aparta la mirada, se encuentra de frente los ojos celosos de María que reprochan con furia su desliz. Jesús baja los párpados a modo de excusa y María lo olvida al instante, despistada por la llamada de Elisa (oportuna, piensa Jesús) que anuncia su retraso y pregunta por una tintorería cercana. Adrián se prueba con disgusto otra chaqueta, termina con cuidado su tostada y mete prisa a Elisa, que lamenta entre bromas haberse casado con tal caradura. En la puerta se cruzan con Sofía y le piden que arregle la habitación, Adrián se excusa por la mancha de café en la moqueta, tropezó con la jarra al retirar la manga bruscamente de la mermelada. Sofía sonríe a su pesar, hoy tardará media hora más en salir y no le viene nada bien, sólo la propina generosa dejada sobre la mesa levanta su ánimo, se sienta sobre la cama a recordar su Italia natal. Jean François saluda al entrar, sólo viene a comprobar el minibar, será un instante. Sofía le mira el trasero cuando se agacha y lamenta la diferencia de edad, enchufa la aspiradora y comienza a limpiar. En el pasillo Jean François encuentra a Elena, se intercambian miradas cómplices, él recuerda su torso desnudo, ella aún siente el olor de su piel pegado a su vientre. Anoche se besaron junto al río, se juraron amor en la terraza de un bar del puerto, hoy despertaron abrazados e hicieron el amor antes incluso de desayunar. Absorta en ese recuerdo, Elena saluda a Sofía, que arrodillada frota la alfombra con quitamanchas, oculta la mano bajo el delantal: olvidó la alianza en la cama de Jean. Sofía se ríe con la experiencia que da la edad y comenta con gracia la crónica rosa de las revistas, piensa que así Elena no se agobiará.

Esteban en el bar ve entrar a Elisa seguida de Adrián, se le ocurre que es una mujer muy bella, la ve intercambiar saludos con María y Jesús, también saluda su marido Adrián. Hoy irán juntos al museo que tanta polémica levantó: salen los cuatro por la puerta y hacen planes para la tarde. Comerán juntos en un magnífico restaurante del centro, ellos hablarán del tiempo y ellas se contarán sus vidas otra vez, como hacen cada año cuando Elisa vuelve a la ciudad, que tanto ha cambiado desde que, siendo casi una niña, se fugó con Adrián. Heike, por fin, encuentra su destino, sonríe a Ramón que le tiende la mano avergonzado, indeciso ante la diferencia de costumbres. Heike queda extrañada, no comprende la frialdad, Ramón maldice entre dientes su timidez y la invita a pasar delante; al hacerlo, su mano roza la cadera desnuda de Heike y se siente estremecer. Ella sonríe, la enternece su timidez, le transmite calma con su limpia mirada y planta un sonoro beso en su mejilla. Elena contempla la escena desde la ventana, se sonríe, comparte la ternura de Heike, no oye acercarse a Jean François por detrás quien la rodea con los brazos y apoya su barbilla mal afeitada en el hueco de su cuello. Se citan para esta noche, Elena replica que ya no puede ocultarlo más, que tendrá que hablar antes con Antonio, afrontar que ya no se quieren, dejarlo estar. “Pobre Antonio”, piensa Elena, “con el disgusto que le ha dado Raquel”. Jean François no siente pena por Antonio, que en el bar limpia las tazas y despide a Mariano hasta mañana; Esteban paga el desayuno y también se va, Sofía piensa que la mancha no se va a notar, Raquel amamanta al niño en la cama del hospital, Adrián se aburre en el museo, María cuenta a Elisa la horrible enfermedad de su mamá, Jesús ve pasar a Heike del brazo de Ramón y cree que se podría volver a enamorar.

La ciudad les acoge, les rodea, cambia a cada instante, incansablemente se altera, transmuta en otra distinta, se repite a sí misma y ya no vuelve más.

Bilbao, abril de 2005.

The stupid fucking hat

 

Fuck the motherfucker
Fuck the motherfucker
Fuck the motherfucker
He’s a fucking motherfucker

Fuck the motherfucker
Fuck the fucking fucker
Fuck the motherfucker
He’s a total fucking fucker

Fuck the motherfucker
Fuck the motherfucker
Fuck the motherfucker
Fucking fuck the motherfucker

Fuck the motherfucker
Fuck the motherfucking Pope.


Fuck the motherfucker
And fuck you, motherfucker
If you think that motherfucker is sacred
If you cover for another motherfucker
Who’s a kiddie fucker
Fuck you, you’re no better
Than the motherfucking rapist

And if you don’t like the swearing
That this motherfucker forced from me
And reckon it shows moral
Or intellectual paucity
Then fuck you, motherfucker
This is language one employs
When one is fucking cross
About fuckers fucking boys

I don’t give a fuck if calling
The Pope a motherfucker
Means you unthinkingly brand me
An unthinking apostate

This has nowt to do with other
Fucking Godly motherfuckers
I’m not interested now
In fucking scriptural debate

There are other fucking songs
And there are other fucking ways
I’ll be a religious apologist
On other fucking days

And the fact remains if you protect
A single kiddie fucker
The Pope, or Prince or plumber
You’re a fucking motherfucker

You see I don’t give a fuck about
What any other fucker
Believes about Jesus
And his motherfucking mother

I’ve no problem with the spiritual beliefs
Of all these fuckers
While those beliefs don’t impact
On the happiness of others

But if you build your Church on claims
Of fucking moral authority
And with threats of Hell impose it
On others in society

Then you, you motherfuckers
Can expect some fucking wrath
When it turns out you’ve been fucking us
In our motherfucking asses

So fuck the motherfucker
And fuck you, motherfucker
If you’re still a motherfucking Papist
If he covered for a single motherfucker
Who’s a kiddie fucker
Fuck the motherfucker
He’s as evil as the rapist

And if you look into your motherfucking heart
And tell me true
If this motherfucking stupid fucking
Song offended you
With its filthy fucking language
And its fucking disrespect
If it made you feel angry
Go ahead and write a letter
But if you find me more offensive
Than the fucking possibility
That the Pope protected priests
While they were getting fucking fiddly
Then listen to me motherfucker
This here is a fact:
You are just as morally misguided
As that motherfucking, power hungry
Self-aggrandised bigot
In the stupid fucking hat.


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Celebración

La nevera se había convertido, con el paso de los meses, en su peor enemiga. Había llevado a cabo varias intentonas para vencerla. Intentó vaciarla, dejando su esqueleto de bandejas vacías como prueba de su victoria; al poco tiempo los repartidores de pizzas, hamburguesas, restaurantes chinos y kebabs la llamaban por su nombre de pila. Más tarde la atiborró de vegetales, frutas, yogures dietéticos y bebidas sin azúcar; de aquella época surgieron las recetas más llamativas y grasientas que se pueden conseguir combinando arroz integral, pepino, manzana y pastillas adelgazantes. Fue también cuando comenzó a esconder chocolatinas por toda la casa: en los cajones de la ropa interior, en los de los cubiertos, en los estantes del cuarto de baño, detrás de la lámpara del salón... Cuando comprendió que, dado que vivía sola, no estaba escondiendo sus chucherías de nadie más que de la nevera, perdió el control de su apetito, rescató todo el chocolate que pudo encontrar en la casa y se lo comió todo de una sentada, en una silla de la cocina frente a la nevera abierta, repleta de lechugas, acelgas y espinacas. Comió tanto, tan rápido y con tanto odio a su electrodoméstico que sufrió una intoxicación y hubieron de lavarle el estómago. Vomitó todo lo que ingirió durante una semana e, ironías de las dietas, perdió casi diez kilos en otros tantos días en el hospital. No se puede decir que tuviera suerte, no obstante: otras personas habrían desarrollado una fobia alimentaria al chocolate, sufrirían retortijones nada más verlo, olerlo o sentir su sabor. Ella, en cambio, ganó una tormentosa habilidad: era capaz de recordar la textura, el olor, el sabor, la dulce sensación de felicidad de todas y cada una de las chocolatinas que tomó, y todas ellas continuaban pareciéndole deliciosamente apetecibles.

 

Al volver del hospital, decidió poner en práctica alguna de las terapias positivas acerca de las que había leído en las revistas médicas que leyó durante su convalecencia. Seleccionó las mejores fotos que encontró en sus álbumes de juventud (las vacaciones en las islas, la fiesta de graduación, el loco decimoctavo cumpleaños de su mejor amiga, las segundas nupcias de sus padres...) y las colocó en la puerta de la nevera junto a post-its colores con mensajes de ánimo: “¡Piensa en ser delgada!”, “¡Acuérdate de aquel vestido!”, “¡Qué guapa eres!”. Lamentablemente, tampoco esta técnica tuvo éxito alguno, y lo único que logró fue que, en cada acto de rendición frente a su poderoso frigorífico, dos lágrimas saladas (y sabrosas) rodaran por sus mejillas como recuerdo de los años esbeltos de juventud. Por si fuera poco, sus papilas gustativas demostraron tener una memoria prodigiosa, y con cada una de las fotos que miraba podía recordar las comidas que habían acompañado cada uno de aquellos felices momentos: las fajitas del restaurante mexicano del resort, la tarta de cinco tipos de chocolate con que celebraron el fin del instituto, el caramelo con el que manchó aquél vestido, el solomillo a la pimienta (¡y la salsa, y el pan!) del banquete de bodas... Recuperó en seis meses los diez kilos que había perdido en el hospital, y otros tres de propina.

 

Más tarde intentó apuntarse a un gimnasio. Acababan de abrir uno enorme a las afueras de la ciudad, con máquinas de fitness, entrenadores personales, clases gratuitas de spinning, body pump, aeróbic, pilates, gimnasia de mantenimiento... Además, tenía una piscina al aire libre, y ahora que llegaban las vacaciones y no tenía ningún proyecto por delante (ni nadie con quien planearlo), pensó que sería un modo agradable de llenar sus mañanas. Efectivamente, resultó de lo más agradable. Sabiendo que iba a pasar la mañanas realizando ejercicio, se liberó de la culpabilidad del desayuno y terminó, por fin, con la larga racha de seis años sin tomarse un croissant con mermelada nada más levantarse. Una vez en el gimnasio, aprovechaba cada pausa que hacía entre una máquina y otra para zamparse una barrita energética. Al fin y al cabo, si había una máquina expendedora en el gimnasio, eso significaba que no podían ser del todo dañinas. Cuando terminaba sus ejercicios disfrutaba, tumbada junto a la piscina, de un reconfortante batido. “Es para reponer líquidos”, se decía. Al menos, durante el mes y medio que estuvo apuntada, pudo disfrutar de la comida sin arrepentimiento. Eso sí, no logró comprender por qué no pudo perder ni un solo kilogramo.

 

Malgastó veintisiete años de su vida, desde que cumplió los trece y un compañero de clase la llamó “culo gordo”, yendo de dieta en dieta, de método chino en método coreano, de barritas que engañan al hambre a pastillas que licúan la grasa, sin más resultado que un culo cada vez más gordo y una vergüenza insoportable cada vez que se veía reflejada en un espejo. Finalmente, el día que cumplió cuarenta años y sus amigas le regalaron una tarjeta que decía: “Eres la mejor, gordita”, estuvo llorando en su dormitorio cinco horas y, llena de rabia y frustración, arrancó el enchufe de la nevera, la levantó en peso y, resoplando como una bestia, la arrastró hasta la terraza y la dejó caer, siete pisos hacia abajo, sobre la terraza de un restaurante. Por suerte, no había en ese momento ningún cliente y nadie salió herido, pero tuvo que ponerse a trabajar por las tardes y los fines de semana para pagar todos los desperfectos ocasionados.

 

Al cabo de un año y medio de horarios interminables, paseos de la mesa a la barra y de la barra a la cocina cargada con platos, bandejas y bebidas, de barrer a las tres de la mañana antes de cerrar, de llegar rendida a casa y quedarse dormida vestida en el sofá, compró de nuevo una báscula. Había perdido doce kilos. Lo celebró con una llamada al Pizza Express más cercano.

Derrotando al Dr. Oscuro III

Una vez, el Dr. Oscuro creó un ejército de hombres lobo para aterrorizar el mundo y convertirnos a todos en licántropos a sus órdenes.

 

Por suerte, un error al leer el calendario hizo que los liberara en una noche de luna nueva. Fue muy fácil atrapar a todos aquellos cachorrillos. Así fue como, una vez más, derrotamos al Dr. Oscuro.

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